jueves, 23 de septiembre de 2010

Calladamente solas


El 15 de septiembre de 1935 fue un día feliz en Villablino, supone uno. No totalmente feliz -¿existe algo o alguien así?-, pero sí un día para recordar, y recordado. Ese día se inauguró una fuente, que duró poco menos de 25 años, hasta que la ignorancia y ese progreso tan mal entendido siempre terminaron con ella.

Ese día se leyó uno de los más profundos discursos del añorado pedagogo Manuel Bartolomé Cossío. En él relataba cómo el día de Todos los Santos de 1885, “a las once de la noche se apeaban en Río Oscuro, donde entonces concluía la carretera, de un carricoche en el que habían salido de León al amanecer, cuatro personas: el fundador, dos grandes amigos suyos, egregios profesores de la Universidad y gloria del país, y un mozo, discípulo de ambos, que, profesor también en ciernes, no fue nunca otra cosa que aprendiz de maestro. Con un farol y a pie hicieron el camino vecinal a Villablino y entraron rápidos en la cocina de don Paco, porque la nieve, según vuestro refrán, no estaba en las puertas pero sí en los altos. De aquella cocina ya no salieron más que para enterarse de lo que creían necesario a sus propósitos. En aquellos escaños, al amor de aquel fuego, proyectaron, meditaron y resolvieron. Y al partir, a los pocos días, para Río Oscuro y León, en la misma forma, sin ruido alguno, habían creado en Villablino una fuente”.

Las palabras fueron leídas en su nombre, pues este fue el último discurso que escribió y dejó escrito, porque falleció el 1 de septiembre de aquel año, dos semanas antes de la inauguración a la que, ya muy enfermo, no iba a poder asistir. Como único superviviente de aquella noche de cincuenta años atrás, dejó escrito el testimonio de la fundación de la Escuela de Sierra Pambley de Villablino y la noche en que él, don Paco, Gumersindo de Azcárate y Francisco Giner de los Ríos, tejieron la urdimbre pedagógica y jurídica que alentaría su existencia y posibilitaría los mimbres de la mejor época del Valle de Laciana.

Viendo la foto de aquel día feliz de 1935 piensa uno en ellas, vestidas de lacianiegas, algunas risueñas, otras no tanto, miradas aplacadas por el sol, algunas tímidas, otras retraídas, otras desafiantes, y parece imposible que tan poco después se fuera para siempre tanta felicidad. La bandera de la República, tapando la dedicatoria grabada en la fuente. El niño que juega en aquel día de felicidad, ¿quién sería?, ¿qué habrá sido de él? Y ellas, sobre todo ellas, Maruja, Elisa, Mina, Natalia, Felipa, Nemesia y las demás, que no reconozco. ¿Cómo habrán podido pasar en tan poco tiempo del traje de fiesta al traje del luto? Posiblemente con sosiego y serenidad, toda una vida y muchos años para contarla. El novio preso, el hermano asesinado, el padre desaparecido, el hermano muerto en combate, el padre paseado, el vecino torturado. Y ellas tan solas, tan calladamente solas, que muy pocos repararon y reparan en ellas cuando se habla de la memoria histórica.

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