viernes, 24 de septiembre de 2010

Con el alma a las espaldas


Qué Arcángel de la guarda tan González,
qué imán, qué bien me sabe nuestro ahora,

qué carita de plato de Cabrales...

J. Sabina

De aquellos días de agosto salió un estío de extrañas heladas resuelto en arándanos y genciana. Florecieron los espantapastores y la braña dejó de oler a caldereta y de atronarse cada noche con los ladridos de los perros. Brotó poco después un otoño abundante en tonalidades y en samartinos, tratantes, ajos y avellanas en la Feriona, madreñas nuevas y la mastina, que parió tres cachorros.

Atrás quedó el verano fructífero en bolos, en fiestas, en partidas, en asturianadas. Quién sería aquél Juanín de Mieres del que tanto hablaban, con las cantaridas que echaban ellos aquí. En la Cantina, o en el Alcázar, o en el Azul, o donde fuera. Cantaba mejor el Presi, aquella del romance del fuego del grisú ardiendo en la sangre arisca, por el amor de una moza, que de su amor no sabía. Vivían al día porque para ellos no había mañana, sólo tal vez.

No tardó en empezar a nevar y el pueblo se enterró. Como se enterraban ellos en las entrañas de la tierra, cada mañana, muertos en vida y vivos en muerte, o lo que es lo mismo, tentando a la suerte con un pico, una pala, una fardela y la humildad de quien se sabe cautivo de la incertidumbre. Porque como dijo aquél, la muerte es sólo la suerte con una letra cambiada.

La nieve era el testigo mudo de unos días sin pulso, de una cirria abundante que cubría los montes y los prados y los caminos y las linares y los corrales y los tejados de las casas. Ellos, cada mañana, cada madrugada, abrían senda para llegar al pozo cuando el tren, el Mixto, el Correo o el Jaimito, no pasaban. Con una pala abrían la senda, un metro tú, otro metro yo, y atrás iba borrándose el rastro de sus pisadas y de sus paladas porque la nevada no amainaba. En la Pinietsa la vista era una bendición de los dioses, pero aquel blanco inmaculado del valle difícilmente podían dejar de verlo negro. Cruzaban el monte, sorteaban la braña, llegaban a la mina empapados y se mojaban dentro más. Horas y horas de trabajo por un mísero jornal, día sí y día también viendo pasar los féretros de los compañeros. Fueron muchos los días en que el grisú vino al tajo hambriento de sangre viva. Y así se fueron el entibador, el posteador, el guaje, el picador, el ayudante, el barrenista, el caminero. Tantos que hubo un día en que se perdió la cuenta de los muertos y de los vivos, por toda herencia una lámpara apagada y las huellas de una caricia. El último beso a la viuda, el último beso al huérfano.

Quedaron ellos, unos pocos, para contarnos aquella epopeya de un tiempo de dictadura atroz y miseria sin límites. Un tiempo que parecía lejano y, sin embargo, era tan cercano como ellos mismos, tan de carne y hueso, tan débiles ahora y tan fuertes inexplicablemente entonces. Vivieron en la miseria porque todo aquel trabajo nunca fue reconocido, pero sólo fue miseria en lo material porque la grandeza no se compra ni se consigue con nada, sólo con dignidad.

Tenía razón el Presi cuando cantaba que con el alma en las espaldas y la noche en las pupilas. Qué sencillo de contar el romance de su vida.

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