lunes, 27 de septiembre de 2010

El olor de aquella rosa


Para Tere y Eduardo

Mentiríamos si dijéramos que recordábamos el olor de aquella rosa, pero su color jamás se olvidará. Era un color sutil, desteñido a golpes de sol y el revolotear del tiempo. A veces las cosas menos esperadas se cuelan por la retina y se estampan en la piel. Se marchó para siempre, sin mirar atrás y en una sola rosa guardó el adiós, el para siempre, el olor de su pueblo, y la ironía de la partida de quien se va pero se queda, porque quienes se quedaron no la olvidan. Era una rosa que se volvió un entramado de memoria prodigiosa, recuerdos que vertía como tesoros inacabados, anécdotas de aquel tiempo feliz, estampas regaladas a golpe de café y escaño, palabras de los antiguos -en patsuezu- vertidas a borbotones.

Se marchó para recordar cada eco que guardaban el pueblo, el monte, la nieve o la niebla. Se marchó porque le tocaba ya encontrar a quien un día partió sin saber que nunca iba a regresar. Se marchó porque lejos el pueblo era mucho más dulce y el regreso mucho más placentero de lo que ella jamás pudo imaginar.

Se marchó como se marcha el agua en el río o el regato: hacia abajo, mansamente, sin hacer ruido, pero volviendo siempre al punto de partida. Porque todo es cíclico y, al cabo, ir y venir termina siendo lo mismo. Que se lo hubieran dicho a ella, que nació en las Américas y no necesitó hacerlas nunca, porque ya las había hecho queriendo o no. Se quedó en su pueblo y fue feliz, a pesar de las pérdidas, que las tuvo pero supo superar, porque para ella no fueron pérdidas ni ausencias, como hoy tampoco lo es la suya. Porque el pueblo y la gente y el río y el agua que viene y va, y él, el marido, y él, el hijo, y ellos, y todos, y el Valle, fueron su felicidad.

Se llamó Isabel la de Carbajo y nació un 23 de abril. Hoy hace cien años.

* Este texto fue incluido en el libro ‘Recuerdos’, memorias de Isabel Álvarez (1910-2000), publicado como homenaje en el centenario de su nacimiento por el Club Xeitu en edición no venal. El libro fue regalado a todos los asistentes al III Recital de Patsuezu celebrado en La Casona de San Miguel de Laciana el 31 de julio de 2010.

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