jueves, 30 de septiembre de 2010

Oviedo rojo ardiente


En ‘El País Semanal’ de este domingo viene, en portada y en un amplio reportaje interior, la noticia de que los negativos de la maleta aparecida en México hace tres años y medio con fotos de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, ya ha sido “trabajada”. Una exposición el ICP de Nueva York muestra estos tesoros ocultos durante siete décadas.

La rocambolesca historia de su pérdida o extravío puede ser tomada como novelesca. Al concluir la guerra de España, a Capa le pilló en París la aproximación del ejército alemán y huyó a Estados Unidos. Pero antes de hacerlo, encargó a su ayudante de laboratorio que salvaguardara tres cajas de cartón con aquellos clichés. 1939 terminaba y los alemanes se acercaban cada vez más a la ciudad de la torre Eiffel y la catedral de Notre Dame. El ayudante de Capa, judío como él, huyó también a América, no sin antes dejar los clichés en una maleta en la Embajada de México en Francia. Seguramente, pensando que en sede diplomática quedarían a buen recaudo. Un par de años después, un general mexicano embajador de turno ante el gobierno de Vichy, las vio en la Embajada y decidió quedárselas y llevárselas a su país cuando regresó a él. Allí estuvieron hasta que hace quince años y tras una serie de casualidades y paradojas, Conell Capa, hermano de Robert y custodio de su legado, se enteró de la existencia de la maleta. Desde ese momento, trató de conseguir verla, las más de las veces sin éxito, hasta que la suerte cambió.

Gracias a su persistencia y la intervención de una serie de personas, la maleta ha llegado al ICP, propietario de los derechos de autor desde que Conell Capa falleció en 2008. Y como suele suceder, ya ha habido más de una polémica respecto a los derechos de una y otra cuestión, como siempre que hay un dólar en juego. Aunque cabe celebrar que esas disputas no nos hayan privado de ver este tesoro, la frase que contiene el reportaje debe hacernos reflexionar: “¿A quién pertenece una fotografía? ¿A quien la toma, a quien la salva…? ¿O a quién la ve…?” Quién sabe, pero debería pertenecer a todos y a nadie. La imagen que ilustra estas líneas aparece en el reportaje de ‘El País Semanal’ y no consta cuál de los tres retratistas es su autor. Y poco importa a quien esto escribe de todas formas. Lo que importa es que como dice Benjamín Prado en un certero artículo que acompaña al reportaje, el verdadero atractivo de estas imágenes no es sino que exponen la guerra al mundo, su crueldad, su drama, y aunque son instantáneas tomadas en España, podrían haber sido tomadas en cualquiera de las guerras que han aterrado y aterran el mundo.

Escenas de muerte, retratos del ‘torero’ Hemingway echando un pitillo con los milicianos, un Lorca en sus últimos días en Madrid antes de partir para Granada en su último viaje, Dolores Ibarruri con aspecto compungido y tantas cosas. “No ha habido guerra que haya dado tantas imágenes memorables”, dice el texto. Algunos se apenan por un hueco vacío en los casilleros de la maleta. Podría ser el de la foto más famosa de la guerra, “Death of a Loyalist Soldier” (“Muerte de un miliciano”), que Robert Capa tomó con su Leica III en el cordobés Cerro Murciano cuando languidecía el verano de 1936. Esta foto, una de las más famosas del mundo y considerada por muchos la mejor instantánea de guerra de todos los tiempos, ha sido puesta en entredicho no pocas veces como un montaje, pese a que varias investigaciones han demostrado que el soldado que aparece en ella presuntamente abatido es el veinteañero alcoyano Federico Borrell García, muerto en aquellos días en el frente. Su misterio, casi legendario, persistirá, aunque a uno poco le importa que sea real o ficticia, sino que exista.

Ya se ha dicho al principio que la maleta contiene imágenes tomadas por Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour. Curiosa historia la de los tres, siempre tan cerca de la batalla, siempre tan rozando la muerte que se metieron de lleno en ella. Seymour, judío polaco y cofundador de la emblemática agencia Magnum, fue abatido por un francotirador en la guerra de Suez en 1956. Dos años antes, Robert Capa falleció tras pisar una mina en Vietnam. Y Gerda Taro, la judía alemana que conquistó el corazón de Capa, murió en la batalla de Brunete, aplastada por un tanque. “Murió joven, bella y fuerte, dejando una herida en Capa que nunca quiso cicatrizar”, nos dice el reportaje de ‘El País Semanal’.

Viendo las fotos uno se pregunta si realmente algo puede cicatrizar. Y se da cuenta uno de la importancia de todas y cada una de ellas, de lo humanas que pueden resultar a pesar de la barbarie que esconden. Y uno se queda, por ejemplo, con ese par de niños que juegan entre las ruinas de aquel Oviedo rojo ardiente. Sin comprender, seguramente, de qué iba aquello, por qué tanta muerte y tanta ruina, ni siquiera qué estaba pasando.

Y lamenta uno que no fueron los únicos que no lo comprendieron, ni lo comprenden.

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