viernes, 15 de octubre de 2010

Ay, los medios de incomunicación leoneses…


Todo aquel cúmulo de despropósitos que terminó con cinco despedidos coincidió con el primer decreto de clausura de El Feixolín firmado por el alcalde de mi pueblo tras varias sentencias, resoluciones, autos y órdenes de los tribunales. Coincidió un viernes y ese mismo día, a la llegada de los obreros al tajo a primera hora, uno de ellos ya tenía la sanción, con el despido eventual por “insultos y amenazas”. El resto de trabajadores, viendo que el sancionado no firmaba el documento, no entró a trabajar. El ingeniero Manuel Santamaría, célebre, elaboró una lista. “Habéis ido a los sindicatos y estáis despedidos. Aquí los sindicatos están prohibidos. Si no os gusta, id al juzgado”.

Ese mismo día los sancionados fueron trasladados de Fonfría al Feixolín. “Nos dicen que lo hacen para presionar por la paralización y que como nosotros habíamos protestado…”. Seguro que a los lectores de este blog les suena esto de la utilización de los trabajadores para protestar. Las sanciones propuestas en aquel momento fueron de lo más variopinto. El, a juicio de sus superiores, cabecilla del grupo, sería suspendido de empleo y sueldo una semana. Y a los otros cuatro les sería descontado aquel día más 360 euros de salario. Y el próximo destino que ocuparían sería “el chabolo”. Eso contaba uno de ellos a quien esto escribe, y los otros asentían. “¿Y qué es el chabolo?”, pregunta uno. Difícil explicación para decir que sencillamente es una caseta usual de obra, pero ellos lo resumen en que “si te portas mal, vas pa’ allí”. Castigado encerrado 10 horas en “el chabolo” -unos pocos metros cuadrados- sin hacer nada. O a cortar leña y llevársela al jefecillo a su casa de El Bierzo. O a dar golpes con una maza a una piedra enorme colocada a la entrada de la explotación, a pleno sol, durante toda la jornada de trabajo. La misma piedra que ven en la foto, con las marcas de los mazazos. Pum, pum, pum... y sin protestar, o mañana otra vez.

Qué tortura psicológica, piensa uno. Y qué condiciones de trabajo. Ellos mismos las definían entonces de “tercermundistas”. “Estamos arriesgando constantemente nuestras vidas. Hasta los Patrol que nos suben, ni frenan, ni tienen luces, ni nada… las puertas de atrás no cierran, los asientos están desencajados, los cinturones no funcionan… y van a pasar la ITV y la pasan”. Será que todo es posible, supone uno por no pensar mal.

Los despedidos relataban para aquel artículo una tropelía detrás de otra. “Los dumpers están sin frenos y tienes que conducirlos cuando hay hielo o barro, en condiciones de riesgo absoluto”. Porque aunque parezca increíble existían -y seguirán existiendo- unas disposiciones internas de seguridad. “Si conduciendo chocas contra otra máquina y jodes un retrovisor o algo, te quitan 50.000 pelas de la nómina porque sí”. Pero la empresa las incumplía y no pasaba nada. “No hay cordones en los vertederos, y no están iluminados”, decían cuando uno les pedía un ejemplo de incumplimiento.

Los dumperistas y palistas no son mineros. Su categoría es la de “transporte de mercancías por carretera”. Ésta no existe, lógicamente, en el régimen especial de la minería de la Seguridad Social, aunque algunos viven engañados soñando en la prejubilación. Los contratos nunca superan los seis meses. Se renuevan y se renuevan. 40 horas semanales que, en las mejores ocasiones, superan las 60 con alguna extra. Todo por 1.000 euros; dependiendo del caso, algo más, algo menos.

Minero Siderúrgica de Ponferrada tenía entonces sólo en nómina 38 obreros en los cielos abiertos. Desconoce uno cuántos son hoy, poco importa. Seguramente los mismos o alguno menos. El resto trabajaban y trabajan para subcontratas del mismo empresario, Victorino Alonso. Nombres tan enigmáticos como extraños: Norfesa, Movexin, Vencove, Carboncal o Roel Hispánica son algunas de las sociedades anónimas parte de un entramado en el que se ha perdido hasta la Interpol.

Hace unos días, otro amigo colgaba en Facebook el enlace de Gara y a uno le dio por comentar lo que contaba ayer al principio: “Alguno todavía se ha sorprendido de lo que sale aquí, y preguntó si era verdad”. Y el amigo que lo colgó responde breve y lúcido: “Ay, los medios de incomunicación leoneses…”

Seguirán incomunicados los medios y las administraciones. Por parte de uno, que puso los nombres en aquel texto como hoy los pone aquí, únicamente añadir que nadie rebatió ni una coma de aquel reportaje, y tampoco nadie se querelló, a pesar de los nombres y graves hechos relatados. Seguramente sucedía que “lo mejor era no hacer nada”, como dijo el sindicalista.

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