martes, 5 de octubre de 2010

Demetrio


Hoy quiero contar una historia antigua, si a ello me dais licencia. Y por eso traigo una foto antigua, que es tanto como decir que uno hace memoria o trae memoria de los pasajes de antaño, por si fuera justicia o menester. Tengo muchas más del personaje, pero me gusta la presente. Fue tomada en Nueva York hace aproximadamente sesenta años. Por supuesto, no fui el autor de la misma, cuestión que aclaro. Espero que se me perdone tal atrevimiento, pero me explicaré a continuación.

Quiero hablar de un hombre, el de la foto, que nació en 1900 en Don Benito (Badajoz), y murió en 1984 en el Nueva York del exilio. Como otros tantos jóvenes de la burguesía provinciana, fue enviado a la Residencia de Estudiantes al tiempo que estudió Ingeniería Agrónoma en Madrid. Allí coincidió con toda la Generación del 27, forjando una gran relación con personajes como Luis Buñuel o Severo Ochoa, con los que mantendría luego una íntima amistad, que duraría hasta el final de sus días. En aquellos ‘felices años 20’ completó su formación en varios establecimientos de Estados Unidos con una beca del Rockefeller Institute.

Tiempo después y por azares del destino, se involucró en aquella aventura que fue la II República. Y ostentó diversos cargos entre 1931 y 1936, como el de director general de Obras Hidráulicas. Pero su verdadero papel se inició el 10 de noviembre de 1936, al ser nombrado director general de Economía por Juan Negrín, del que era íntimo amigo. Tan amigo que su suegro -otro entusiasta republicano- diría de él no pocas veces que era “más negrinista que Negrín”, en epistolario que se conserva. Negrinista y amigo para lo bueno y para lo malo, piensa uno, pues aquel regalo era espada de doble filo. Con una República en la retaguardia, un país en guerra y las circunstancias en contra, a nadie le resultaría fácil semejante misión. Pero, además, el nombramiento aumentaría cuando, el 28 de mayo de 1937, el hombre de la fotografía fue designado subsecretario de Economía.

Entre sus misiones en aquel tiempo de pólvora, sangre y fuego estuvo la de evacuar todo el oro del Banco de España a la Unión Soviética, dentro de la operación conocida como el “oro de Moscú”. Nuestro hombre fue, además, encargado de la consecución de los materiales de guerra, de la evacuación de los fondos a París, del envío de los papeles de los republicanos españoles a México en el Yate Vega… Finalizada la guerra, y en medio de una situación económica personal muy complicada, continuó realizando los pagos pendientes desde las cuentas que aún controlaba hasta que éstas se quedaron sin fondos. Demasiado fácil hubiera sido hacer otra cosa. Era otro tiempo y era otra generación, también otras circunstancias.

El 1 de mayo de 1939 llegaría a Nueva York en el famoso barco ‘Normandie’ con su familia. Pasaría los primeros días en un hotel y varios meses después en un suburbio de Forest Hills, hasta que un año después encontró un apartamento diminuto en la ciudad. Era muy pequeño, con una sola habitación, por lo que sus hijos dormían en una y él y su esposa lo hacían en la sala principal. Le ayudaron con los gastos algunos americanos simpatizantes con la República, como la escritora Bárbara Tuchman o Charles Pooré, crítico literario del ‘New York Times’. Por el apartamento desfilarían gran cantidad de españoles, de distintas orientaciones políticas, de paso por Nueva York, en ocasiones, tan sólo por tener ocasión de disfrutar de la conversación de nuestro personaje, cuya extraordinaria empatía y gusto por el cultivo de la amistad fue y es glosada por quien le conoció.

Después consiguió trabajo y, ya en la década de los sesenta, se mudó a un apartamento un poco más grande. Sus hijos se hicieron mayores y empezaron a comprender las razones de aquella huida de España cuando ellos sólo eran unos niños, el desarraigo, la sinrazón y el oprobio. Nuestro hombre vivía en un mundo de yanquis ensimismado en sus cosas. Mantenía relación habitual con españoles también exiliados y todos los años, en una obra teatral que hacían varios de éstos en Nueva York -Laura García Lorca, Pedro Salinas, etc.- él siempre tenía un papel, que interpretaba a la perfección y con el que disfrutaba enormemente.

Este hombre se llamó Demetrio y sigue siendo un desconocido en España, país que no ha entendido todavía la forma en que se recupera de verdad la “memoria histórica”. Demetrio, sí, sin el don. Nunca lo tuvo, nunca le hizo falta. Simplemente Demetrio. Uno más de todos esos a los que la Historia ha negado el sitio que les corresponde.

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