martes, 19 de octubre de 2010

Leopoldo


La última vez que tuve ocasión de ver a Leopoldo fue con ocasión de la entrega del primer Lacianiego del Año que organizamos. Fue en julio de 2006. O eso creo. Me encontré con el Leopoldo de siempre. Le desbordaban su sonrisa y su característica voz. Acudía a homenajear a su paisana Plácida García y lo hacía con su hermana Manuela. De ese día queda el recuerdo de una foto que disparó el ojo siempre atento de Manolo ‘El Cazador’. Imagen que aparece sobre estas líneas.

Leopoldo Álvarez Fernández nació en Rabanal de Abajo en 1912. Después de cursar las primeras letras en la escuela del pueblo, la industria mantequera del padre, David Álvarez, y la inteligencia del joven hicieron que se trasladara a León, en cuya Escuela Normal de Maestros hizo la carrera, culminada con la guerra. Maestro, como tantos otros, en mil destinos, terminó en Rioscuro, desde donde se acercó a Villablino. En las Escuelas Graduadas, adonde llegó en los sesenta, se jubilaría dos décadas más tarde.

Era un hombre discreto. Conocedor de la antigua Laciana, de los personajes de su tiempo, del devenir de su tierra, de una historia y de unas historias que eran las suyas. Leopoldo vivió y sintió Laciana porque en ella quiso vivir y quiso sentirla. Porque escuchar a Leopoldo contar las cosas de los antiguos, que él decía, era un espectáculo y un privilegio.

Cada vez que uno se dirigió a él, fue atendido con la cortesía propia de su naturaleza. Su amistad con mi abuelo, también maestro, supongo que influiría en ello. También la que mantuvo con mi familia paterna, de Rabanal de Abajo, a la que conocía de toda la vida y con la que siempre tuvo excelente relación. O que me conocía desde que era un niño. Pero, aún así, sabe uno que Leopoldo, o Poldo que era como le decían en el ámbito de los cercanos, cuando se le pedía algo, cualquiera que fuera, atendía como mejor podía. Ofreciendo, siempre, siempre, café y amigable charla en el escaño de la cocina. Charla a la que siempre se incorporaba Manuela.

Hace unos años, en el libro ‘Laciana. Suelo y sueño’, la cámara de Manuel Rodríguez Sánchez captó el rostro curtido de un Poldo infatigable. Los de Rabanal pueden dar fe de que, a pesar de sus noventa bien cumplidos, Leopoldo participaba todos los años en las tareas de la hierba. Disfrutaba.

Y uno se queda con esa imagen de Leopoldo. Su sonrisa, su rostro curtido y su vitalidad. Un maestro que enseñó su propia vida, que la vivió sin hacer ruido, sin dar más importancia a las cosas de la que tienen. Así lo hacen los grandes.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Parece que fué hace un momento y con que celeridad pasa el tiempo, pero nos queda el recuerdo imborrable de esas personas, cuya imágen y su comportamiento, nunca desaparecerán de nuestro baul de los recuerdos.
Estés donde estés, mi recuerdo y agradecimiento por ser como has sido.

Groucho Marx dijo...

Recordar es revivir, 'Anónimo'. Si eres quien creo, no hace falta que te lo diga. Cabruñaremos la guadaña para que Poldo siga con la faena el próximo junio.