martes, 26 de octubre de 2010

Se fue, por siempre, la poesía


Laciana tuvo hace ahora cien años una época dorada, la de la Escuela de Sierra Pambley, y siempre se dijo que los alumnos de aquel tiempo tuvieron un sello especial. Su caligrafía delataba que habían pasado por aquella escuela que primero fue sueño del filántropo don Paco y después fue obra -y gracia- de sus amigos institucionistas, Cossío, Giner y Azcárate.

Un sello especial tiene doña Josefa Rubio Alonso, natural de San Miguel de Laciana y vecina de Madrid. En sus ojos, 104 años de vida e Historia (con mayúsculas) nos contemplan. Del 7 de febrero de 1906, ahí es nada. Es, hoy, la única superviviente de aquella época dorada de manteca fina y emigrantes a América. Nacida en ‘La Barraca’ de San Miguel, fue hija de Benigno Rubio -conocido personaje que llegó a ser alcalde de Villablino- y esposa de un gran conocido en la montaña, el poeta José Fernández Jolís.

Pepe Fernández Jolís (1902- 1976), natural de Murias de Paredes, fue un poeta fecundo, aunque sus designios profesionales se decantaron por el cuerpo estatal de Correos, que llegó a distinguirlo con sus más altas condecoraciones. Sus poemarios -tres libros de corta tirada editados en los setenta- son los de “el poeta leonés de la eterna juventud”, como le calificó su amigo Antonio Gamoneda, flamante Premio Cervantes. En uno de esos libros, en un poemario amoroso, Fernández Jolís dedicó breve, sentido, sus versos a su esposa con un escueto “a Josefa Rubio”: “Con tu mirar hechicero,/aunque a veces cauteloso,/ me haces en ti tan dichoso/ que olvido ser prisionero”.

Pero a doña Josefa Rubio, treinta años después, se le agotan cada día las poesías y también los recuerdos. Hoy, los que vagamente llegan a su memoria, las antiguas fotografías que ven sus ojos, se desvanecen en la memoria llena pero vacía, como se desvanece todo lo efímero y se van todas las cosas que no puede atar el tiempo.

El rostro de Josefa, que sonríe a la cámara y a la vida como quien sonríe a la añoranza de una época feliz, busca en algún rincón de la memoria alguna frase de nostalgia, alguna anécdota complaciente, algún gesto arcaico o alguna sonrisa que responda a su sonrisa después de muchos años, pero no los encuentra. No se han borrado, sólo permanecen arrinconados en algún lugar escondido al que ella ya no es capaz de llegar y al que nunca llegará. 104 años son muchas cosas que recordar.

Recuerdos perdidos, remembranzas aisladas que vienen y van por su cabeza de canas cenicientas y ojos brillantes de niña inquieta, como quien se resiste a desaparecer, sabedor de que si lo hace, jamás volverá a existir, como quien quiere quedarse pero no puede, como quien se ha ido y quiere regresar. La poesía es tan flamígera como los recuerdos, tan efímera como la vida vivida que se resiste a desaparecer. Cuando se va, como los recuerdos o la vida, ya nunca vuelve. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, que dejó escrito -precisamente en una poesía- el genial Pablo Neruda.

Escrito en Madrid un día del otoño de 2008

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tuve la suerte de conocer a su padre Benigno y a su madre Ramona,siendo yo un niño que asistía a las clases de las escuelas graduadas. Eran amigos de mi familia, y recuerdo aquella cocina enchabanada, entrando, a la derecha, y los retorcidos que siempre tenía "la tía Ramona".
En fin, la vida......