lunes, 18 de octubre de 2010

Sevilla tiene un color especial


Hoy uno será coprotagonista del relato. Aunque actor secundario, perdonen la osadía. Falta tiempo y hay temas que me gustaría tratar, pero requieren algo más de lo que hoy se les puede dedicar y, por tanto, uno va a lo facilón, que no es otra cosa que lo que tiene en la cabeza. Tal vez haya influido que hace un rato me topara con una fotografía que me trajo algunos recuerdos. El pasado julio estuve en Sevilla. No todos los que esa bella ciudad necesitaría para conocerse a fondo, pero otras veces habrá, a lo mejor. Como es natural, en pleno mes de julio los termómetros superaban los 45º y ya se pueden imaginar ustedes cómo estaba la cosa.

Por contar una anécdota, en la estación de Santa Justa hay dos cafeterías. Una un poco cutre y otra perteneciente a una de esas cadenas omnipresentes en cada estación, cada puerto de mar y cada ciudad sin variar un ápice mobiliario, ofertas, uniforme e incluso iluminación. No recuerdo cuál era la cadena en cuestión, y poco importa para los propósitos de este texto, como verán, pero aunque lo recordara tampoco lo pondría porque este blog no trata de publicidad.

Había una cosa aquella calurosa mañana de un día más caluroso en que esperaba para coger el AVE a Madrid que llamaba poderosamente la atención en Santa Justa. Los que, como uno, esperaban al AVE o a otro tren, se agolpaban -nos agolpábamos- en la barra, en las mesas –confortables, con sillones del tipo de un sofá, no como los de la cutre, sillas peladas y corrientes- y en cualquier esquina posible. Tres o cuatro camareras, con su visera, sudorosas, apresuradas, no daban abasto para atender las demandas de los clientes, entre los que uno se encontraba, tranquilo, manoseando un periódico comprado un rato antes y hablando alguna cosilla.

Seguramente a estas alturas se estarán preguntando la razón por la que todos nos agolpábamos en aquellos escasos metros cuadrados, sufriendo aquella zozobra de la multitud, frente a la tranquilidad de la otra cafetería que, aunque un poco cutre, proporcionaba sosiego y descanso. Pues muy sencillo, la pomposa tenía aire acondicionado y la otra no. Sus metros cuadrados eran los únicos de la estación en que soplaba aire fresco, y con 45º grados en la calle y unos pocos menos dentro, se agradece como una gota de agua en medio del desierto, aunque sea una ráfaga fugaz.

Total, que al final a uno le pusieron una caña, pagó y se dedicó a lo suyo. Y casi al mismo tiempo, otro cliente, mozalbete con pinta de tranquilo, pedía algo más completito: bebida y algo para comer. Una y otra cosa para comer; de una había, de la otra había que hacerlo. “Ahora se lo llevamos a la mesa, vaya empezando con esto”, le dijo una de las camareras entregándole lo que estaba ya preparado. El lío prosiguió, las camareras siguieron sin dar abasto, uno terminó la caña, miró el reloj, siguió hablando, aguantó los empujones ocasionales de otros clientes y, al final, vio de nuevo al mozalbete, que había perdido la tranquilidad, protestando porque había pasado cosa de media hora y nadie le había llevado lo que había pedido. “Os voy a pagar por educación, pero es para no hacerlo; y no me traigáis nada porque no lo voy a comer ya”.

En fin, qué decir. Entre las tres o cuatro camareras sofocadas resolvieron cuál era la culpable. Le dijo cuatro cosas, un tanto apocada, al mozalbete -educado aún dentro del cabreo, por cierto- y como si nada siguió atendiendo las insistentes demandas del respetable.

Y uno se acordó de un cartelito que había visto un rato antes en la calle y pensó, ay, que tal vez sea verdad lo de que Sevilla tiene un color, o calor, especial.

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