jueves, 7 de octubre de 2010

"Y es tan largo el olvido..."


Cuando el pasado martes publiqué aquellas líneas sobre Demetrio, avisé a un amigo que es pariente suyo y conoce a grandes rasgos su vida, para que las viera y revisara. Y me dijo, luego de hacerlo, que el vello de los brazos se le había erizado al ver esta imagen de Demetrio, que no había visto nunca, pero que reflejaba su mirada franca y algo triste, pero a pesar de todo evocaba el carácter simpático del personaje. Y me decía -parco- que no sabía si en este país que utiliza la “memoria histórica” para escenificar la discrepancia “cuasi perpetua”, recordar a alguien como Demetrio puede interesar a alguien.

Porque Demetrio, como tantos otros, aparcó para siempre el odio en sí y trató de aparcarlo en quienes le rodeaban y vio que era necesaria una reconciliación para ellos y para sus hijos y sus nietos. Y pensando en todo eso y en olvido y en la desmemoria y en el afán de algunos de opacar todo lo que no interesa que se conozca, se acordó uno de Manuel Chaves Nogales o de Carlos Morla Lynch.

No es por nada, pero no extrañaría en exceso que ambos nombres ni siquiera suenen a la mayoría de los españoles. Por hacer un poco de memoria, uno trae hoy la remembranza de Morla Lynch, autor del tal vez más importante relato conocido hasta la fecha sobre el Madrid republicano en guerra.

Este diplomático chileno llegó a la capital de España en 1928, procedente de París, y al poco de su llegada se topó en una librería con un ejemplar del ‘Romancero gitano’. Quedó prendado, buscó e hizo por conocer a Federico García Lorca y, cuando lo consiguió, se convirtió en su mayor confidente desde entonces hasta el asesinato del poeta. Y Lorca le dedicaría su ‘Poeta en Nueva York’. Y cuando Lorca fue asesinado su amigo Morla tardó meses en creer que aquel luctuoso hecho era real, lamentablemente real, y luego dejó escrito el magnífico libro ‘En España con Federico García Lorca’, verdadera fuente de información, no como esos estudios presumiblemente sesudos de hispanistas con el traserillo al aire pero las alforjas llenas.

La amistad con el poeta granadino, fue única, pues con él fue con el que Morla más trató, congenió e intimó, pero no fue la única. Carlos Morla abrió los salones de su casa madrileña al mundo literario del momento, convirtiéndose su salón en un auténtico cenáculo por el que desfilaron desde Alberti a Azaña, desde Ortega a Cernuda, desde Gerardo Diego a Rubinstein.

Sin embargo, lo que uno más valora del chileno Morla no es sino que, al estallar la guerra, se vio obligado a quedar como embajador de Chile en España ante la patética huida del que lo era, a los pocos meses de contienda. Carlos Morla Lynch fue, entonces, persona que acogió a más de 2.000 refugiados en la embajada, en varios palacetes alquilados en Madrid por ésta, y en su casa propia. Desde aristócratas a curas, desde militares a falangistas, desde niños a mujeres, Morla buscó y dio refugio, alimento y apoyo a cuantos pudo.

Y, consciente tal vez del momento que vivía, dejó plasmadas en su diario pinceladas que hoy son un gran testimonio, tal vez, como ya ha dicho uno, el mejor de todos los existentes. En unos días de huelgas y escaseces para los obreros, el chileno anotó en sus cuadernos: “Más tarde me encuentro con Neruda y Alberti. Nos sentamos a comer cigalas. Alberti está con su camisa azul y su corbata roja, comunista…” Ironía pura, pero qué triste.

En otra ocasión, deja anotado: “Recibo una llamada de Pablo Neruda y Manolín Altoaguirre. Pablo es de un egoísmo y de un ensimismamiento abrumador, y si reconozco que es un gran poeta, es persona no poética. Llegan a casa. Se trata de un muchacho marino, en peligro, perseguido. Lo de siempre. Debo meterlo en casa o en la embajada, pero Pablo, él, con su consulado vacío… ¡Ah, no! No lo puede hacer…” Y a los pocos días, ya la República agónica, vuelve a anotar: “Huye el Gobierno a Valencia… Nos quedamos con nuestros refugiados, cuatrocientos, y que sea lo que Dios quiera… Pablo Neruda, aterrado, no pensando más que en sí mismo, cierra el consulado. Se va mañana temprano, por la carretera de Valencia, la única libre, con los Alberti, y Delia del Carril [la amante por la que abandonó a su esposa y su hija minusválida, añade uno], naturalmente”.

Frente a esa inmoralidad, uno toma otra nota para terminar este texto. “Saldremos con la evacuación mañana, antes del amanecer. Sé que me expongo, que puede haber bombas y asaltos. No me importa…, todo tiene encanto”. No sabe uno si todo tiene o tenía encanto, pero para qué decir más. Morla, como Chaves Nogales, Demetrio y tantos otros, no tuvo hasta que hace dos años se publicaron sus textos, el reconocimiento de un determinado público. De Neruda y Alberti -con todos los respetos, y obras literarias al margen- uno no va a decir nada. Uno entiende, conociendo lo escrito por Morla, que Neruda tratara por todos los medios de desacreditarle con amenazas y calumnias. Qué diferencia. Tal vez Carlos Morla Lynch vivió los últimos cinco años de su vida en el Madrid gris de Franco para evocar aquellos para él felices años treinta. Echando de menos tantas cosas y viendo el candelabro languidecer, que terminó refugiado en el alcohol, porque no le quedó tal vez otra.

“Y es tan largo el olvido…”, que dijo precisamente Neruda.

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