sábado, 20 de noviembre de 2010

El tiempo que pasa, que pasa en silencio


La arruga es bella, dijo aquél, y las de la foto lo son no sólo porque el paso del tiempo decidió ponerlas y dejarlas ahí, por siempre, sino por ser el reflejo de que hace muchos años que fue tomada, que las cosas se deterioran con el tiempo, como las personas, y que nada está exento al fin de un ciclo, al cabo que todas las cosas y personas tienen.

Parecía mentira con noventa y nueve años cumplidos, la resistencia que sólo tienen los grandes y una vida que no fue fácil, pero Ascensión finó no ha mucho, en silencio, como ella era. En silencio como en esta foto en que está al lado del bisabuelo Onésimo, su hermano, en la Casa Rectoral de Rabanal de Abajo, hace ya muchos años.

Se había acostumbrado a ser así, o tal vez lo fue siempre, a lo largo de una vida tan dilatada como difícil. El trabajo de aquella joven sirvienta, tan sugerente con el uniforme como en la foto que me regaló un día Concha de Lama mientras recordaba aquel tiempo de arcadia feliz, cuando la tía había trabajado -y mucho, apuntó-, en su casa. El hijo que nació un año antes de la guerra, en medio de aquel dramatismo atroz, siendo ella madre soltera, por si el mero drama fuera poco. La emigración luego, al hacerse mayor, a Francia, en busca de otra vida. Prematura muerte, la de él. La desaparición de los otros seres queridos. Y, al fin, la compañía de unos pocos que, al cabo, llenaron los vacíos de las desapariciones y las lejanías.

A pesar de ello, nunca faltó en casa de la Tía del Pueblo, porque Ascensión siempre lo fue, una merienda para los nenos, un puñado de monedas de veinticinco pesetas que ella guardaba para ellos con todo el cariño del mundo, y el deseo de una nueva visita tan pronto como ellos, y Puri, desearan.

Una moneda de cinco duros, de las de agujero, era una fortuna para un guaje hace unos pocos años. Con ella se compraban cinco chicles, cinco caramelos o un paquete de cromos. Hoy ya ni existen. Traducidas y al cambio, son quince céntimos de euro. Tres chicles, o tres caramelos, y tal vez ni eso. Para cromos ni llega. El tiempo que pasa, que pasa, que pasa en silencio.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El tiempo que pasa, que pasa, que pasa en silencio, última frase del comentario. No se cuando vamos a reconocer que no podemos parar ese reloj que inexorablemente nos va marcando, bien los segundos que hemos vivido, o los que aún nos quedan, que tanto da. A medida que uno se va haciendo mayor, parece que ese condenado instrumento corre mucho más deprisa, y nos va formando esas arrugas de las que algunas veces no podemos pasar sin presumir de ellas, dando a entender que hemos logrado sobrevivir a unas cuantas penalidades, como las que cuentas de la tía Ascensión. Creo que todos hemos tenido una persona así, que siempre se preocupaba de nosotros y siempre estaba dispuesta a hacernos felices por un momento, aunque presumiera de esas arrugas que el tiempo cincela de una manera imborrable. Recuerdos para esas gentes a las que hemos querido y recordamos con tanto afecto.

OZNA-OZNA dijo...

el tiempo donde los recuerdos se vuelven poesias y relatos, esta asturiana se fae seguidora tuya para que el tiempo nos faga seguir falando de el, un besin

Groucho Marx dijo...

Anónimo: tienes razón en que todos tuvimos una persona así y algunos afortunados más de una. Y quienes no la tuvieron no saben lo que se perdieron. De todas formas, este tipo de personas no deberían irse nunca.

Groucho Marx dijo...

OZNA-OZNA, gracias por tu mensaje y bienvenida a este pequeño espacio personal. Tendremos tiempo, espero, para seguir encontrándonos por aquí.