martes, 2 de noviembre de 2010

Olvido, olvidar, olvidada


Imagínense por un momento a un joven caballero con bigote, vestido con un impecable traje y tocado con sombrero. Modales cuidadosos, mirada prudente, andar pausado. Caminando por la calle Mayor de Madrid, hace cosa de cien años. Los zapatos relucientes taconean contra los adoquines de la calle, las gotas de la eventual lluvia salpican ligeramente la parte baja del pantalón, un vendedor de salazones vocea desde el fondo de la calle y a lo lejos, donde la curva no deja intuir más allá de la última manzana a La Almudena, que acaban de levantar.

Un hermano del hombre que camina silencioso, llamado Florentino, es propietario de varias tiendas de ultramarinos en la capital. Otro, Celestino, empleado de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. Y él, que se llama Ángel y se apellida, como ellos dos, Fernández García, también comerciante en la capital. Los tres se han ido de su pueblo, Orallo, porque lo que en él se les ofrece es el trabajo de la labranza y la ganadería, y es tiempo de corrientes migratorias a la capital y allende los mares.

El joven de bigote y sombrero, Ángel, añora irremediablemente su pueblo, a pesar de la prosperidad de sus negocios de alimentación en una de las mejores zonas de Madrid. Y pide a un conocido arquitecto de la época, Amós Salvador, que dibuje una esbelta casa para construir allí, para pasar los veranos, para disfrutar. Salvador lo hace y la casa se levanta en 1917. En ella empieza a pasar Ángel largas temporadas en verano con su mujer, Adonina, y su hijo Angelito. Que, perdonen, de eso tenía poco. Un vivalavirgen sin remedio, de esos que tanto han abundado en las familias donde todo lo material abundaba, valga la redundancia.

Y precisamente por ésa y otras causas, se inicia un proceso de quiebra que lleva a nuestro Ángel a la ruina, y le obliga a trasladarse a una casa de una familia amiga en Rioscuro. Su esposa fallece en 1932, y tres días antes de cumplirse el primer aniversario de esa muerte, nuestro Ángel se suicida, arrojándose al río desde el puente de Rioscuro.

El antaño afortunado comerciante pone así fin a una vida que, aunque esplendorosa, en los últimos tiempos se ha convertido en todo lo contrario. Es la cara y la cruz de la emigración, el estigma de una sociedad que poco a poco ha ido desapareciendo. En algunos casos, como el suyo, de forma trágica; en otros, de manera más paulatina. Nuestro Ángel fue el paradigma de una vida que buscó sueños en la huida a otros mundos y encontró, a veces, éxitos y a veces también sinsabores.

Aquella casa en Orallo, que aún abandonada y cerrada a cal y canto no pierde la esencia de lo que fue, acumula óxido en sus balcones, suciedad en sus paredes y abandono en su sillería. No es más que el símbolo de la huida. Hoy muy pocos, cuando ven la casa, recuerdan el nombre de Ángel Fernández, mucho menos su historia.

Es el olvido de quien quiere olvidar una época olvidada que ya no volverá.

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