viernes, 12 de noviembre de 2010

Parecía inmortal


Hace unos días se enteró uno del cierre, para siempre, del Café Zahara, uno de los clásicos cafés desaparecidos de aquel Madrid de olor a chocolate con porras. Estaba en plena Gran Vía, ese bulevar con que un día la Villa y Corte soñó con parecerse a Nueva York.

El aspecto exterior de Zahara, tan diminuto, nunca fue capaz de dar idea del tamaño del café y quienes entraban -forasteros, claro- se sorprendían de que aquello fuese tan pequeño desde la calle y tan viejo visto así. Un café en larga tertulia, una comida o una cena, a base de productos algo más elaborados o unas tapas, todo era posible en este Zahara reconvertido en establecimiento de su tiempo.

Zahara fue cuando lo abrieron, hace ya unas cuantas décadas, un establecimiento novedoso porque ocupaba un espacio intermedio entre el café moderno y el restaurante, con un diseño cuidado y vanguardista en una calle como la Gran Vía, tan novedosa entonces, con locales de factura americana que se distinguían por su exclusivas etílicas -los cócteles- y por los nuevos movimientos y modas musicales: jazz, shimmy, one-step, two step, fox-trot y más adelante el charleston. “Música de negro”, que decían y tanto detestaban algunos, sin duda, preferentes de las tertulias de Pombo. Locales de nombres exótico como el Pidoux American Bar, en la misma Gran Vía; el Hollywood, en Preciados, a un paso de Callao; o el mismo Miami, formaron parte de una corriente que luego trajo consigo otros, como Nebraska, California, el Manila del edificio Carrión…

Zahara resistió unos cuantos envites pero no ha podido con este último. Que no ha sido el de la crisis, sino el del cambio de la ley de arrendamientos, que ha hecho que el propietario del local suba considerablemente la cifra de la renta, hasta una cifra inasumible. Y es que hace unos días, en algunos locales de la Gran Vía, todavía pudo ver uno carteles de alquiler a 80.000 euros. Así proliferan, a un lado y otro de la calzada, tiendas de marcas de ropa internacionales y establecimientos de comida rápida, también internacionales. Nada que ver con aquella Gran Vía, que este año cumple y celebra sus 100 años, pero que poco se parece ya a la que era.

Y pensando en todo ello uno recuerda ahora la última esencia de Gran Vía y del Zahara actualizado, modernizado, viento a babor, cambiado con los tiempos y las modas pero sin perder su encanto. Uno recuerda algún café y la última cena –la Iglesia nos dispense por el copy- uno de estos últimos agostos, disfrutando de una Gran Vía tan vacía, algo inusual. Y un recuerda que, después de cenar y tras cruzar para comprar un helado en Palazzo, bajando hacia Callao sacó la cámara y, en medio de aquella tranquilidad, hizo esta foto inconsciente de que el cartel de Zahara terminaría diciéndonos adiós para siempre, aunque parecía inmortal.

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