martes, 21 de diciembre de 2010

Pepín Vaquero


La vocación marina de un lacianiego podría ser, de por sí, no sólo noticia sino acontecimiento, por lo raro, y más en unos años grises en que el mar quedaba, como casi todo, demasiado lejos. José Vaquero Iglesias, Pepín Vaquero, Pepín el de Nemesia, para sus paisanos y amigos, fue un marino lacianiego y justo es recordarlo ahora que han pasado tantos años de los trágicos acontecimientos que rodearon su prematura muerte.

En estos tiempos de filtraciones de papeles reservados estadounidenses, sus hermanos Julio y Tomás Vaquero Iglesias nos narran en un magistral artículo que aparecerá en nuestra revista la semana próxima las vicisitudes de aquel vergonzoso ataque al Sierra Aránzazu del 13 de septiembre de 1964 en el Mar Caribe que todos los españoles que vivían entonces recuerdan a la perfección.

Ambos narran con serenidad y cautela lo que sucedió entonces y hoy puede demostrarse, tras una ardua investigación y la desclasificación de determinados documentos reservados de los servicios de inteligencia americanos. Y recuerdan la dramática semana vivida en su casa, y en el Valle entero, desde que al día siguiente del atentado se tuvo noticia del mismo en Villablino, hasta la llegada de los restos mortales de Pepín y el entierro multitudinario en su pueblo.

Desde el primer momento determinados medios de la prensa internacional vieron evidente que el ataque se circunscribió a determinadas actuaciones políticas y paramilitares dentro de la llamada “crisis de los misiles” y el persistente “bloqueo” a Cuba, y los cables que van saliendo a la luz así lo corroboran. Por de pronto, Julio y Tomás Vaquero siguen investigando todos los interrogantes de aquel luctuoso hecho que marcó sus vidas, “aunque sólo sea por conseguir para nuestro hermano, sus otros dos compañeros y el resto de la tripulación masacrada una suerte de justicia moral arrojando luz sobre quiénes fueron sus asesinos y agresores”.

Una víctima inocente, una más, de tantas y tantas injusticias que se han padecido a lo largo del tiempo. Pepín Vaquero murió porque tuvo el infortunio de estar allí aquel día y de ser alcanzado por algún disparo. Y hoy, que definitivamente empieza a verse luz sobre un crimen todavía impune, su figura adquiere más valor.

Cuando llegaron a Laciana sus restos, la comarca entera arropó a su familia con el mayor calor y afecto vecinal y rindió un último homenaje a aquel joven que un día se fue sin saber que ya no regresaría. Pero desde aquel momento hasta hoy, tantos años después, ni un solo recuerdo, ni una sola alusión en un pueblo que está necesitado –cada vez más- de referentes sanos. El de Pepín Vaquero, tan simbólico, debiera ser tomado como imprescindible y urge la revitalización de su recuerdo, la dedicatoria de una calle a su memoria.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hecho luctuoso que conmovió a la comarca entera. No se concebía que la vida de un jóven lacianiego, con vocación marinera, fuera segada de una forma tan ignominiosa, por unos intereses inconfesables, pero siempre ligados o bien a la política o a la economía, o a ambas cosas, pero alejados del buen hacer de nuestro recordado convecino Pepín el de Nemesia.
Yo asistí al entierro y puedo garantizar que nunca "oí" un silencio tan sepulcral, si es que el silencio se puede oir. Era una muestra incomparable de dolor y respeto, tanto a los restos de Pepín, como a su afligida familia.
Que allá donde estés, puedas perdonar a quien atendiendo a intereses inconfesables, te causó ese daño irreparable.

UN VECINO QUE TE RECUERDA.

Supergabi dijo...

Naci el 13 de septiembre de 1964,....y existe un parecido fisico razonable,..¿casualidad?...¿?¿?¿?¿?¿?¿