martes, 14 de diciembre de 2010

Que no se enteren de que existen



Para Rita

Ha tratado uno de encontrarlo en Internet pero no ha sido posible. Tampoco hace mucha falta. Sin embargo, lo citará de memoria, más que nada para que quede testimonio. Este año, allá por verano, aparecía en la prensa provincial una reseña de las obras que iban a acometerse con cargo a las subvenciones para la restauración de bienes inmuebles de interés etnográfico, que cada año otorga el Instituto Leonés de Cultura de la Diputación de León. Entre otras, estaba la de unas “outxeras” en Cuevas del Sil. Y etcétera.

Estaría muy bien si no fuera porque uno, al leer por encima el artículo, esbozó una leve sonrisa al ver que el Instituto Leonés de Cultura reconocía haber “descubierto” la existencia de estas “outxeras” a raíz de la presentación de una propuesta de restauración por parte de la Junta Vecinal de Cuevas del Sil. ¡Y tan anchos!

Por traer el asunto a colación, y sin hacer demasiada sangre, el conocido veterinario Santos Arán dejó escrito en su libro ‘Quesos y manteca’ publicado en 1918 algo sobre las otseras y el “arcaico modo lacianiego” para el desnate natural de la leche. La leche era introducida, tras el ordeño, en ollas de barro vidriado que, tapadas con una pizarra, se colocaban en las otseras. Esta palabra tan de nuestra lengua vernácula, otseras, denomina a las pilas o pequeñas cavernas en el suelo por las que circulaba una pequeña corriente de agua fría, proveniente de un manantial o arroyo, que refrigera el contenido de las lecheras y cuyos ejemplares todavía existen en la mayoría de las brañas. Las otsas –ollas, de ahí el nombre de otseras- tenían un pequeño agujero en su parte baja, tapado con un palito rodeado de cerro de lino y un trapito de lienzo para ajustar bien, que cuando llegaba el momento de separar la nata se sacaba para que saliera la debura. El corro de la desnatada cambiaba completamente cuando comenzaba a salir la nata, de color amarillento, tapándose entonces la lechera para abrirla de nuevo poco después y repetir el proceso hasta que salga el filo, como se decía. Así, de este bucólico y antiquísimo modo, los brañeros conseguían separar la nata de la leche. Algo que para Arán había de considerarse como “una verdadera gloria de nuestra patria”, y así lo dejó escrito entonces.

En fin, que ya lo ven. Santos Arán fue capaz de aprender todo eso y dejarlo escrito en 1918 y en el Instituto Leonés de Cultura están a verlas venir. Tan a verlas venir que han subvencionado esta auténtica chapuza y aberración. Comparen la imagen del antes y la del después. Está muy bien restaurar, está muy bien poner en valor el patrimonio cultural y etnográfico, pero por favor, que sea con un poco de cuidado. El horror de este caso es un ejemplo más de los desastres que se cometen día tras día. Porque para hacer esto, casi prefiere uno que las dejen como están, con su musgo, sus piedras caídas, descolocadas pero quietas, su encanto añejo... Y que no las toquen, ni se enteren de que existen, por favor.

3 comentarios:

COMO_DORE dijo...

Amigo mio,

Se nota demasiado que has realizado un buen collage con el photoshop.
Es imposible que alguien haga semejante chapuza.

Saludos,

José Luis dijo...

Victor,

¿Esto es real? Estoy asombrado.

José Luis

Groucho Marx dijo...

Real como la vida misma, José Luis, por desgracia. Un saludo.