viernes, 17 de diciembre de 2010

Recuerdo


Recuerdo la salita con la mesa, el banco, el mueble, la mesa camilla de faldas verdes, la tele con el parte de las nueve, el teléfono de rosca, el radiador detrás de la puerta, la ventana de lado a lado, los visillos, las plantas en la repisa, la pared forrada de papel de corcho. Recuerdo la habitación pequeña, la escalera, la lavadora funcionando todo el día, el baño de abajo con el tendal, el de arriba con la bañera, la habitación nuestra, la de Moni, la de la Yaya y el Abuelo, el sótano, la cocina, la despensa, la escalera, la jardinera de la entrada con flores naranjas, la cancilla siempre abierta. Recuerdo la carbonera, los conejos, las salpicaduras de sangre en la pared de los que habían sido matados, los ventanucos del sótano por los que a veces se nos colaba el balón, la marca de la cabeza del Abuelo en la pared detrás del banco, las paredes pintadas con mil garabatos, los pasamanos de color beis. Recuerdo un gallo que era tan gallo que paseaba atado a mi carrito de bebé, unos cuantos gatos sin nombre, el perro de don Ángel, alguno más que vagabundeaba por allí. Recuerdo la colección de monedas, los libros, la foto que se hizo Ana para la orla, los crucigramas, el reloj, el periódico encima de la mesa, la sopa con huevo para cenar. Recuerdo las tardes interminables aprendiéndonos la tabla de multiplicar, el arrullo de la máquina de coser de la Yaya, a Moni enseñándonos a jugar al parchís, a Agus ir y venir del bar. Recuerdo los paquetes enormes de folios, los rotuladores, los cuadernos de “La Naturaleza es Vida” con un globo aerostático de colores y un bosque en la portada que usábamos para pintar. Recuerdo un chándal verde con unas tiras moradas y azules en las hombreras, el carricoche azul de rayas de Sara que luego usó Alba. Recuerdo la boca de riego del patio que abríamos para ponernos pingando, lo que nos gustaba hacer barro y amasarlo y ponernos como nazarenos que decía el Abuelo, los balones que se nos perdieron, la granja que tardábamos más en montar que en jugar con ella, los coches, la carretera que pintamos en el muro, los partidos interminables, la BH azul que tuve antes de una de montaña que alguien me rompió. Recuerdo los cromos que comprábamos en La Moderna, las chucherías que nos daba Gina por cinco duros, los domingos con quinientas pesetas de propina si nos habíamos portado bien. Recuerdo los 21 al baloncesto, el escondite inglés en los soportales, alguna peripecia furtiva cuando el patio de abajo todavía era territorio sin conquistar. Recuerdo también alguna caída que otra, unas propias y otras ajenas, todas sin más desgracia que el susto. Recuerdo cuando venía Llara en vacaciones, la Nochebuena que Sara se rompió una pierna, las partidas al ajedrez con Encarna en un tablero plegable de madera que me regaló. Recuerdo la llegada de Jose cada verano desde que se fue a Madrid, ahora que ya no podrá volver. Recuerdo el día que una máquina llegó al patio y empezó a mover la tierra y la ahogó tapándola de asfalto y años después supe de qué iba eso del ‘progreso’. Y recuerdo una vez que entró una golondrina por la ventana y uno era tan inocente que no se dio cuenta hasta que pasó mucho tiempo de que todo pasa y se va volando.

2 comentarios:

COMO_DORE dijo...

Que bonito, amigo.
Una mirada por el retrovisor de la vida en el que veo mi auto por detrás del tuyo.
Los carruchos con rodamientos y cuerdas como dirección asistida. La cera de Laureano y las guerras con los barrios limítrofes: Colominas y La Corradina.
Los baños en el pozo de la blanca y la pesca a mano hasta Rioscuro.
Meter los pies mojados en el horno de la cocina de carbón. Y dejar el pijama por debajo de la ropa para ir al cole.
Quedar con los amigos, llegada la noche, botella de agua en mano, para hacer un resbaladizo frente a la tintorería. Esperando con ansia la llegada de las 5 para poder probarlo, si es que Alipio el del Jumbo no había echado sal porque alguien se había caído por la mañana.
Robar fruta de la finca del médico, asombrarse al entrar en la Moderna antigua, donde las propietarias hacían la cuenta con tiza y pizarra. Ir al viejo cine o al campo de La Vega.
Subir por las rapigueras hasta la escombrera y buscar fósiles. Dormir en febrero en la braña, a la caza de algún lobo. Jugar al cinto quemado, casi siempre con veraneantes.
Todo pasa y se va volando, incluso los recuerdos.

Saludos,

Xistréu dijo...

No me gusta la triste referencia al lobo y que el tiempo marcha volando, porque vuestras palabras parecen eternas y a mí me hacen sentirlas e imaginarlas como si hubieran sucedido ayer.

Preciosas palabras. Creo que volveré a leerlas por lo menos otra vez.

Gracias a ambos por este momento tan grato.