lunes, 29 de noviembre de 2010

Dos historias que fueron una


Dedicado a mi amigo Leonardo Borque

El ladrido parco de un mastín viejo quebró la noche de pocas estrellas y luna escondida que ya habían quebrado varios disparos más allá del lago. El viento del norte silbaba al adentrarse por la ventana y el péndulo del reloj era lo único que se movía en la casa familiar en que todos descansaban. Había aires de guerra aquella noche de paz quebrada y olor a pólvora. El mastín viejo contaba en el corral las horas negras como la noche, de balazos rompedores como los disparos, el péndulo del reloj no dejaba de moverse y las vacas se levantaron al unísono en la corte en que dormitaban.

La escuela de Valle del Lago estaba cerrada y en los cristales de las ventanas titilaba una de las pocas estrellas que en medio de la negrura se conseguía adivinar. Con el estallido de la guerra, la plaza de maestra del pueblo había quedado vacante. Muchos de aquellos maestros, veraneando en su lugar de origen, decidieron no regresar a Somiedo, territorio republicano; otros fueron destituidos por el Frente Popular, que separó del servicio a los que simpatizaban con la sublevación. Algunas jóvenes estudiantes de Magisterio o con el título de bachiller fueron designadas maestras en su pueblo y mantuvieron abierta la llama de la enseñanza, hasta que en el otoño siguiente la bandera tricolor dejó de hondear en las cumbres de la Cordillera Cantábrica. En Castro había sido nombrada una chica del Coto de la Buenamadre, Inés Rodríguez Fernández, nacida en 1913 en Argentina, y en el Valle del Lago lo sería una chica de su misma edad, Gabriela Lana Feito.

Cuando caía la tarde, dos guardias llegaron a Valle del Lago y lo primero que hicieron fue preguntar por la joven maestra, Gabriela Lana. La detuvieron y la llevaron a la improvisada cárcel que había en la iglesia de Pola de Somiedo. De camino, en Castro, la maestra y compañera de estudios de Gabriela, Inés Rodríguez Fernández, gritaría y lloraría desconsoladamente creyendo que nunca más la volvería a ver. Alguien se acordó entonces de Inés y la denunció diciendo que, en su época de estudiante en Oviedo, paseaba por la calle Uría con una insignia de los rojos y que, además, estaba afiliada a la A.T.E.A., una organización republicana y laica de maestros. Pocas horas más tarde, Inés y Gabriela se encontrarían en la cárcel y, juntas, harían un conmovedor pacto; si alguna de las dos lograba salir con vida de allí y tenía descendencia, una hija llevaría el nombre de la otra para que perviviese el recuerdo.

Gabriela Lana fue trasladada a los pocos días a la Cárcel Modelo de Oviedo, librándose de ser fusilada gracias a la recomendación de un primo suyo falangista, José Feito Lana. Poco después, en junio de 1938, fue juzgada en consejo de guerra. Ideas de izquierdas, gran entusiasta de los rojos, propagandista del Socorro Rojo Internacional, nombrada por los rojos maestra, en cuya escuela propagó la enseñanza laica y todas aquellas cosas que se decían entonces. Veinte años de condena. Trasladada a la prisión de Saturrarán, recién creada, donde dada la masificación de los penales asturianos fueron llevadas muchas mujeres prisioneras. Las penurias y torturas de aquella prisión, atendida por unas monjas mercedarias, están relatadas en las memorias de algunas presas. Que, por ejemplo, dicen cosas como esta: “Sujetas a una disciplina férrea, tan férrea en Santurrarán, cuya superiora, sor María Aranzazu -conocida entre nosotras por la ‘Pantera Blanca’- sólo satisfacía sus entrañas con castigos glaciales; la más ligera ondulación en la disciplina acarreaba un castigo, que podía llamarse ejemplar. Había que ceñirse, pues, a la disciplina si no se quería ir a parar a los sótanos, lugar de tortura e inundados por el río, siempre que la crueldad lo requería. Testigo experimental fue mi amiga Dolores Valdés (de Mieres, Asturias), “navegó” milagrosamente durante más de media hora en el agua, que ya le llegaba al estómago, estando encerrada en un calabozo del sótano por haber escrito lo que a la sedición militar se refería y juzgar a la perfección en hermosos versos la imperfección de la religión llevada a la práctica, con actos antihumanos, que con las reclusas las monjas hacían”.

Inés Rodríguez, la amiga de Gabriela, corrió distinta suerte. Su padre, Eduardo Rodríguez, maestro de Urria, fue detenido y encarcelado en la prisión de San Marcos de León, y trasladado luego a la de Oviedo, en la que falleció el 23 de abril de 1939, con una condena de quince años de cárcel sobre las espaldas. Había pesado esa condena, una salud muy quebrada y el fallecimiento de la hija predilecta. Pues, en efecto, una noche la puerta de la improvisada cárcel de Pola de Somiedo se abrió y el ruido del motor de un desvencijado camión anunció a los presos que era noche de paseo. En el camión montaron varios hombres y una mujer joven, la maestra Inés Rodríguez. El camión se dirigió al Puerto de Somiedo y, a la sombra de la casilla, paró y de él se bajaron los guardias y los presos. Los hombres fueron fusilados uno por uno y la joven, que no quería que la fusilasen de frente y se ponía de espaldas, fue la última. A lo lejos, el ladrido parco del mastín viejo volvió a quebrar la noche de pocas estrellas y luna escondida que ya habían quebrado los disparos del paseo. Había aires de guerra, de infamia, aquella noche de paz quebrada y olor a pólvora. El mastín viejo contaba en el corral las horas negras como la noche, de balazos rompedores como los disparos de la Casilla del Puerto, y en los cristales de la escuela dejó de titilar una de las pocas estrellas que en medio de la negrura se conseguía adivinar.

La joven Inés estaba muy unida a su padre, con el que compartía su pasión por la enseñanza. Las cartas cruzadas entre ambos en su época de estudiante en Oviedo eran frecuentes. “Inés, te mando la traducción de cinco ejercicios del texto. Como tiene también párrafos para pasarlos del castellano al francés, me dices si te los piden para hacer yo la versión. Compras un diccionario francés-español y español-francés, que te será muy útil y miras en la Carpeta que está en la calle de la Rúa a ver si pudieras conseguir uno barato para mí y me lo mandas. Cualquier duda que tengas sobre cualquier asignatura me lo dices. ¿Sois muchas en clase? ¿Qué texto tenéis de Didáctica y de Historia? Copias ejercicios de Álgebra y me los mandas para volvértelos resueltos”. A él le enviaba también los ejercicios de las clases para que se los devolviera con las soluciones. “Papá, a ver si me resuelves estos problemas para el día 20 ó 23 de la semana que viene, pues son para entregar al profesor el día 27, y como son muchos no puedo resolver. Me los explicas para poder yo entenderlos”. Su padre escribió en la cárcel de Oviedo, poco antes de fallecer y desgarrado por la trágica noticia, una conmovedora poesía en un pequeño trozo de papel.

Inés hija del alma

que del martirio llevaste la palma

allá en las sombras en donde moras,

escucha estas palabras ensalzando tu gloria

que te dirige tu padre con toda calma

pero que le salen del fondo del alma

pobres canciones mal pergeñadas

sin rima, cadencias ni filigranas

que sólo reflejan el amor paterno

tan grande y sublime como lo eterno

canciones que por ser sinceras

no tienen menos de verdaderas

desprovistas de todo ropaje

pues desconozco las reglas del arte

carecen, por tanto de sonoridad

por tal motivo no pasarán a la posteridad

no me interesa tal cualidad

porque me basta con exponer la verdad

y aunque a ciertas personas les resulte amarga

procede de una herida que tengo en el alma

sangre de amor y de sentimiento

es lo que mana en todo momento

a borbotones afluye con tanta fuerza

que no hay vendaje que la contenga

tal surtidor no se agotará

pues tanto como yo viva él durará

imposible de cicatrizar

con los medios que la ciencia pudo alcanzar.

Gabriela vivió muchos años más, logrando salir de prisión en el verano de 1942. En el curso siguiente hizo las prácticas de la carrera en la escuela de Valle del Lago, bajo la supervisión de la nueva maestra, pero no ejerció nunca la docencia. El azar quiso que se casara felizmente con un hermano del que había sido su novio, el capitán republicano José Barrero, también asesinado tras consejo de guerra por los franquistas. Le había conocido cuando éste luchaba en el frente cerca de su pueblo y en aquellos meses vivieron una corta pero intensa historia de amor. Puede que los dos fuesen unos románticos, puede que incluso también lo fuera la maestra Inés, la querida amiga de Gabriela. Gabriela tuvo una hija que nació en 1953 y se llama Inés y conserva con orgullo su nombre y su historia, sus dos historias, porque las vidas de las maestras Inés y Gabriela fueron dos historias que, al final, fueron una.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El tiempo que pasa, que pasa en silencio


La arruga es bella, dijo aquél, y las de la foto lo son no sólo porque el paso del tiempo decidió ponerlas y dejarlas ahí, por siempre, sino por ser el reflejo de que hace muchos años que fue tomada, que las cosas se deterioran con el tiempo, como las personas, y que nada está exento al fin de un ciclo, al cabo que todas las cosas y personas tienen.

Parecía mentira con noventa y nueve años cumplidos, la resistencia que sólo tienen los grandes y una vida que no fue fácil, pero Ascensión finó no ha mucho, en silencio, como ella era. En silencio como en esta foto en que está al lado del bisabuelo Onésimo, su hermano, en la Casa Rectoral de Rabanal de Abajo, hace ya muchos años.

Se había acostumbrado a ser así, o tal vez lo fue siempre, a lo largo de una vida tan dilatada como difícil. El trabajo de aquella joven sirvienta, tan sugerente con el uniforme como en la foto que me regaló un día Concha de Lama mientras recordaba aquel tiempo de arcadia feliz, cuando la tía había trabajado -y mucho, apuntó-, en su casa. El hijo que nació un año antes de la guerra, en medio de aquel dramatismo atroz, siendo ella madre soltera, por si el mero drama fuera poco. La emigración luego, al hacerse mayor, a Francia, en busca de otra vida. Prematura muerte, la de él. La desaparición de los otros seres queridos. Y, al fin, la compañía de unos pocos que, al cabo, llenaron los vacíos de las desapariciones y las lejanías.

A pesar de ello, nunca faltó en casa de la Tía del Pueblo, porque Ascensión siempre lo fue, una merienda para los nenos, un puñado de monedas de veinticinco pesetas que ella guardaba para ellos con todo el cariño del mundo, y el deseo de una nueva visita tan pronto como ellos, y Puri, desearan.

Una moneda de cinco duros, de las de agujero, era una fortuna para un guaje hace unos pocos años. Con ella se compraban cinco chicles, cinco caramelos o un paquete de cromos. Hoy ya ni existen. Traducidas y al cambio, son quince céntimos de euro. Tres chicles, o tres caramelos, y tal vez ni eso. Para cromos ni llega. El tiempo que pasa, que pasa, que pasa en silencio.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Par de dos


Del aquí no pasa nada de la campaña electoral para la Presidencia del Gobierno hace dos años de José Luis Rodríguez Zapatero, a las perlas de hoy, han pasado muchas cosas. Y esas perlas son, entre otras: “la mejora es aún tan débil que no asegura un cambio irreversible de tendencia”, “el número de desempleados sigue siendo inasumible”, “en España hemos sufrido con particular intensidad la destrucción del empleo”, “hay recuperación de la economía española, pero ésta es aún lenta y también incierta en su progresión”, “es todavía pronto para poder valorar de manera adecuada los efectos de la reforma laboral sobre el empleo” o “si hemos de ser prudentes a la hora de valorar la intensidad en la recuperación del crecimiento, con mayor motivo hemos de serlo en relación con la creación de empleo”. Y etcétera.

Rodríguez Zapatero ha aludido hoy a la “magnitud de la tarea que nos queda por delante para revertir la pérdida de puestos de trabajo que ha traído consigo la crisis”, y ha hablado “de déficits de formación, de rigideces en las relaciones laborales, de pérdida de peso relativo por parte de sectores claves como el industrial, de retrasos atávicos en la apuesta por la ciencia y la renovación”, para concluir aseverando que “nos va a costar tiempo y esfuerzo volver a crear empleo al ritmo que deseamos”. Y etcétera.

Qué salto con pértiga, piensa uno. Porque no queda tan atrás –apenas unos meses- aquel presidente que, aunque ya ojeroso, más delgado y con la sonrisa del talante ya metida en el armario, nos decía aquello de “no estamos tan mal”. Él, que confesaba moverse “siempre en el terreno del optimismo antropológico y no del pesimismo”, ahora parece que se ha caído de la burra. Tarde, pero se ha caído… o le han tirado.

En efecto, hoy ha comparecido en el Congreso un presidente un poco más realista. Él sabrá las razones por las que no lo ha hecho antes. Todo augura un varapalo electoral bastante severo al PSOE en las inminentes elecciones catalanas, y es posible que ese varapalo se extienda a las próximas municipales y autonómicas del próximo año.

En ese escenario, y ovacionado por los suyos, como si hubiera algo que celebrar, Mariano Rajoy ha reprobado una vez más al presidente recordándole que “heredó un país próspero y lo deja en la ruina”, acusándole de proponerse “prolongar esta agonía 18 meses más”. “¿Cómo se puede confiar en un hombre así?”, se ha preguntado, para a renglón seguido decirnos y decirle que “no, no se puede confiar en usted”. Y una vez más ha pedido las elecciones generales: “Debería dar usted la palabra a los españoles, que lo están deseando”. Pero para perla, la frase lapidaria de la jornada: “Un gobernante que fracasa tiene la obligación moral de renunciar”.

Qué pena de clase política, qué pena de debates parlamentarios, qué pena de país y qué pena de todo, piensa uno. Elecciones, poder, influencia y apaga y vámonos. El PP de Rajoy, tan crítico, no ha levantado todavía el mantel de la mesa camilla para mostrarnos cuáles son sus recetas para salir de esta situación, pero a uno con saber lo único que han dicho (hasta el momento) le llega: privatización de ferrocarriles, aeropuertos, servicio postal y otros sistemas básicos y que nunca deberían ser privatizados. Es decir, una burbuja como la anteriormente creada, que repercutiría en el bolsillo de los ciudadanos y, además, enriquecería a otro amigo, de pupitre o de barra de pub, del gobernante de turno. Hay muchos más Villalongas de los que parece, ya se sabe.

Y hablando de fracasos, Rajoy tal vez debería darse por aludido y pensar que en dos elecciones consecutivas ha sido derrotado, y que perder unas elecciones esperando ganarlas, es fracasar. Y que no condenar un caso de corrupción es consentirla, fomentarla e incluso ser partícipe de ella. Y que no haberse disculpado como partido por el error de la guerra de Irak, máxime a tenor de las recientes revelaciones, es vergonzoso. Y que decir que nada más que accedan al gobierno desclasificarán los papeles del Cesid para mostrar públicamente la vinculación de Alfredo Pérez Rubalcaba con los GAL, es un chiste. Que ya tuvieron ocho años para hacerlo… Y etcétera.

En fin, que no sabe uno si Rodríguez Zapatero quiere ver la “salida” que tiene a su espalda en la foto o no, pero uno no la ve con semejante par de dinosaurios. Tanto le da a uno este, como aquel. Par de dos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Parecía inmortal


Hace unos días se enteró uno del cierre, para siempre, del Café Zahara, uno de los clásicos cafés desaparecidos de aquel Madrid de olor a chocolate con porras. Estaba en plena Gran Vía, ese bulevar con que un día la Villa y Corte soñó con parecerse a Nueva York.

El aspecto exterior de Zahara, tan diminuto, nunca fue capaz de dar idea del tamaño del café y quienes entraban -forasteros, claro- se sorprendían de que aquello fuese tan pequeño desde la calle y tan viejo visto así. Un café en larga tertulia, una comida o una cena, a base de productos algo más elaborados o unas tapas, todo era posible en este Zahara reconvertido en establecimiento de su tiempo.

Zahara fue cuando lo abrieron, hace ya unas cuantas décadas, un establecimiento novedoso porque ocupaba un espacio intermedio entre el café moderno y el restaurante, con un diseño cuidado y vanguardista en una calle como la Gran Vía, tan novedosa entonces, con locales de factura americana que se distinguían por su exclusivas etílicas -los cócteles- y por los nuevos movimientos y modas musicales: jazz, shimmy, one-step, two step, fox-trot y más adelante el charleston. “Música de negro”, que decían y tanto detestaban algunos, sin duda, preferentes de las tertulias de Pombo. Locales de nombres exótico como el Pidoux American Bar, en la misma Gran Vía; el Hollywood, en Preciados, a un paso de Callao; o el mismo Miami, formaron parte de una corriente que luego trajo consigo otros, como Nebraska, California, el Manila del edificio Carrión…

Zahara resistió unos cuantos envites pero no ha podido con este último. Que no ha sido el de la crisis, sino el del cambio de la ley de arrendamientos, que ha hecho que el propietario del local suba considerablemente la cifra de la renta, hasta una cifra inasumible. Y es que hace unos días, en algunos locales de la Gran Vía, todavía pudo ver uno carteles de alquiler a 80.000 euros. Así proliferan, a un lado y otro de la calzada, tiendas de marcas de ropa internacionales y establecimientos de comida rápida, también internacionales. Nada que ver con aquella Gran Vía, que este año cumple y celebra sus 100 años, pero que poco se parece ya a la que era.

Y pensando en todo ello uno recuerda ahora la última esencia de Gran Vía y del Zahara actualizado, modernizado, viento a babor, cambiado con los tiempos y las modas pero sin perder su encanto. Uno recuerda algún café y la última cena –la Iglesia nos dispense por el copy- uno de estos últimos agostos, disfrutando de una Gran Vía tan vacía, algo inusual. Y un recuerda que, después de cenar y tras cruzar para comprar un helado en Palazzo, bajando hacia Callao sacó la cámara y, en medio de aquella tranquilidad, hizo esta foto inconsciente de que el cartel de Zahara terminaría diciéndonos adiós para siempre, aunque parecía inmortal.