miércoles, 22 de diciembre de 2010

Perdonen la tristeza


Lo mejor de que llegue la Navidad es que en unos pocos días uno sabe que hasta que pase un año no tendrá que volver a soportarla. Y es que uno no cree en la Navidad porque le repatea la adoración y el culto a los seres superiores, en lo terrenal y en lo religioso, porque nadie es más que nadie. Y un culto de esos tan anacrónicos que debieran ya ser pasado es lo que es la Navidad, aunque hoy -claro- se ha convertido más en consumismo, falsa palabrería de mercado y una bondad tan exacerbada como artificial, que lo menos que producen es naúseas. Sin embargo, cree uno en los buenos deseos y los mejores sentimientos de alguna poca gente. Y cree uno que para compartir mesa y mantel, copas, encuentros, pasar un buen rato, ver una sonrisa o regalar un ramo de flores no hace falta ninguna disculpa. Aunque el mundo no sea color de rosa, para eso están las flores, aunque se terminan marchitando por mucho que uno quiera o intente evitarlo. Y es una pena, pero la vida misma. Así que como diría el jefe, perdonen la tristeza.

martes, 21 de diciembre de 2010

Pepín Vaquero


La vocación marina de un lacianiego podría ser, de por sí, no sólo noticia sino acontecimiento, por lo raro, y más en unos años grises en que el mar quedaba, como casi todo, demasiado lejos. José Vaquero Iglesias, Pepín Vaquero, Pepín el de Nemesia, para sus paisanos y amigos, fue un marino lacianiego y justo es recordarlo ahora que han pasado tantos años de los trágicos acontecimientos que rodearon su prematura muerte.

En estos tiempos de filtraciones de papeles reservados estadounidenses, sus hermanos Julio y Tomás Vaquero Iglesias nos narran en un magistral artículo que aparecerá en nuestra revista la semana próxima las vicisitudes de aquel vergonzoso ataque al Sierra Aránzazu del 13 de septiembre de 1964 en el Mar Caribe que todos los españoles que vivían entonces recuerdan a la perfección.

Ambos narran con serenidad y cautela lo que sucedió entonces y hoy puede demostrarse, tras una ardua investigación y la desclasificación de determinados documentos reservados de los servicios de inteligencia americanos. Y recuerdan la dramática semana vivida en su casa, y en el Valle entero, desde que al día siguiente del atentado se tuvo noticia del mismo en Villablino, hasta la llegada de los restos mortales de Pepín y el entierro multitudinario en su pueblo.

Desde el primer momento determinados medios de la prensa internacional vieron evidente que el ataque se circunscribió a determinadas actuaciones políticas y paramilitares dentro de la llamada “crisis de los misiles” y el persistente “bloqueo” a Cuba, y los cables que van saliendo a la luz así lo corroboran. Por de pronto, Julio y Tomás Vaquero siguen investigando todos los interrogantes de aquel luctuoso hecho que marcó sus vidas, “aunque sólo sea por conseguir para nuestro hermano, sus otros dos compañeros y el resto de la tripulación masacrada una suerte de justicia moral arrojando luz sobre quiénes fueron sus asesinos y agresores”.

Una víctima inocente, una más, de tantas y tantas injusticias que se han padecido a lo largo del tiempo. Pepín Vaquero murió porque tuvo el infortunio de estar allí aquel día y de ser alcanzado por algún disparo. Y hoy, que definitivamente empieza a verse luz sobre un crimen todavía impune, su figura adquiere más valor.

Cuando llegaron a Laciana sus restos, la comarca entera arropó a su familia con el mayor calor y afecto vecinal y rindió un último homenaje a aquel joven que un día se fue sin saber que ya no regresaría. Pero desde aquel momento hasta hoy, tantos años después, ni un solo recuerdo, ni una sola alusión en un pueblo que está necesitado –cada vez más- de referentes sanos. El de Pepín Vaquero, tan simbólico, debiera ser tomado como imprescindible y urge la revitalización de su recuerdo, la dedicatoria de una calle a su memoria.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Entre todos los entierros sale algún bautizo


La pasada semana un reportaje del ‘Diario de León’ abría su titular con “Laciana se entierra en el Pozo Calderón”. Según el mismo, “la mina más emblemática de Laciana” cierra para siempre y traslada a sus 104 trabajadores a las instalaciones que el mismo empresario abrió el año pasado en Cerredo.

Siente uno discrepar en el fondo y en la forma, titular efectista aparte, porque la mina más emblemática de Laciana es, fue y será siempre el Pozo María, cerrado y sellado con hormigón hace ya una década, y cuya historia algún día alguien contará, se espera, por ser de gran interés. Las obras de su construcción, las crecidas del río que inundaba día tras día las galerías, el accidente en que murieron 10 mineros en 1979, el plan de cierre que en 1992 desencadenó la Marcha Negra -la verdadera Marcha Negra- y tantas y tantas cosas. Calderón acogió en sus entrañas el encierro de la Marcha Negra y el Pozo María el de la huelga de 1999, el más largo, hasta ahora, de la minería lacianiega. Imborrables las escenas de la salida de los 8 encerrados en 1992, un día de nieve tardía pero incipiente, aclarando la negrura de sus pelos, sus barbas, sus gafas de sol y sus 52 días bajo tierra mientras medio centenar de compañeros caminaban desde Villablino a Madrid para que un penoso Ministro de Industria ni siquiera les recibiera.

Según el texto del periódico, “la dirección (de la empresa) asegura que el cierre es temporal, por seis meses dicen, pero todo el valle sabe que el pozo se ha cerrado para siempre. Los hechos contradicen a la burocracia. La empresa ha paralizado las labores de mantenimiento y la reapertura de una mina abandonada tiene costes demasiado elevados”. Cierre, sí, pero con datos objetivos por favor. Pues siente uno discrepar incluso en que el cierre no es de ahora, porque el pozo hace mucho tiempo que ya no funciona como tal; los 104 mineros que hasta ahora trabajaron allí, lo hacían entrando por las galerías abiertas en la montaña del Feixolín, esto es, bastante por encima de donde se encuentra el pozo. Pero supone uno que el asunto queda más periodístico así.

En fin, que aparte de la versión de algunos industriales -entre los que hay de todo, como en botica- y la comparación con Sabero diciendo que “todo comienza como un silencio en el que empiezan a sumergirse los pozos, luego los negocios y al final no quedan ni personas”, parece que se zanja la cuestión con algunas fotos tétricas y poco más: carteles de venta de locales, una vela a la boca del pozo y los negocios vacíos. En fin, será que tiene que ser así, piensa uno. Pero se pediría un poco más de objetividad, porque a pesar de que “dicen que la única oportunidad de futuro que hay ahora en Caboalles es poner una tienda de maletas”, en esa localidad han aflorado al calor de la estación de esquí unas cuantas casas rurales, varias tiendas, restaurantes y otras infraestructuras que ni se mencionan.

¿Tenemos que obviarlo? Tocar las campanas a réquiem, sí, pero en la demografía entre todos los entierros también sale algún bautizo, que la biología nunca se pasará de moda.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Recuerdo


Recuerdo la salita con la mesa, el banco, el mueble, la mesa camilla de faldas verdes, la tele con el parte de las nueve, el teléfono de rosca, el radiador detrás de la puerta, la ventana de lado a lado, los visillos, las plantas en la repisa, la pared forrada de papel de corcho. Recuerdo la habitación pequeña, la escalera, la lavadora funcionando todo el día, el baño de abajo con el tendal, el de arriba con la bañera, la habitación nuestra, la de Moni, la de la Yaya y el Abuelo, el sótano, la cocina, la despensa, la escalera, la jardinera de la entrada con flores naranjas, la cancilla siempre abierta. Recuerdo la carbonera, los conejos, las salpicaduras de sangre en la pared de los que habían sido matados, los ventanucos del sótano por los que a veces se nos colaba el balón, la marca de la cabeza del Abuelo en la pared detrás del banco, las paredes pintadas con mil garabatos, los pasamanos de color beis. Recuerdo un gallo que era tan gallo que paseaba atado a mi carrito de bebé, unos cuantos gatos sin nombre, el perro de don Ángel, alguno más que vagabundeaba por allí. Recuerdo la colección de monedas, los libros, la foto que se hizo Ana para la orla, los crucigramas, el reloj, el periódico encima de la mesa, la sopa con huevo para cenar. Recuerdo las tardes interminables aprendiéndonos la tabla de multiplicar, el arrullo de la máquina de coser de la Yaya, a Moni enseñándonos a jugar al parchís, a Agus ir y venir del bar. Recuerdo los paquetes enormes de folios, los rotuladores, los cuadernos de “La Naturaleza es Vida” con un globo aerostático de colores y un bosque en la portada que usábamos para pintar. Recuerdo un chándal verde con unas tiras moradas y azules en las hombreras, el carricoche azul de rayas de Sara que luego usó Alba. Recuerdo la boca de riego del patio que abríamos para ponernos pingando, lo que nos gustaba hacer barro y amasarlo y ponernos como nazarenos que decía el Abuelo, los balones que se nos perdieron, la granja que tardábamos más en montar que en jugar con ella, los coches, la carretera que pintamos en el muro, los partidos interminables, la BH azul que tuve antes de una de montaña que alguien me rompió. Recuerdo los cromos que comprábamos en La Moderna, las chucherías que nos daba Gina por cinco duros, los domingos con quinientas pesetas de propina si nos habíamos portado bien. Recuerdo los 21 al baloncesto, el escondite inglés en los soportales, alguna peripecia furtiva cuando el patio de abajo todavía era territorio sin conquistar. Recuerdo también alguna caída que otra, unas propias y otras ajenas, todas sin más desgracia que el susto. Recuerdo cuando venía Llara en vacaciones, la Nochebuena que Sara se rompió una pierna, las partidas al ajedrez con Encarna en un tablero plegable de madera que me regaló. Recuerdo la llegada de Jose cada verano desde que se fue a Madrid, ahora que ya no podrá volver. Recuerdo el día que una máquina llegó al patio y empezó a mover la tierra y la ahogó tapándola de asfalto y años después supe de qué iba eso del ‘progreso’. Y recuerdo una vez que entró una golondrina por la ventana y uno era tan inocente que no se dio cuenta hasta que pasó mucho tiempo de que todo pasa y se va volando.