martes, 29 de noviembre de 2011

La fuente de la nostalgia

Como quien se asoma a través de una mirilla o de una puerta entreabierta y observa rezagado, intentando evitar que alguien le despierte de ese sueño o tal vez de esa remembranza soñada, las pocas imágenes que se conservan de aquel día resultan ser un regalo para los nostálgicos. Recuerdo pétreo en blanco y negro, imagen grabada ya en muy pocas retinas de los contados supervivientes que quedan, entonces niños de pantalón corto. Ojos cansados de mirar, ojos en los que quedó impregnada la tristeza, ojos en los que se pasmó para siempre la estampa de lo atroz.

El 15 de septiembre de 1935, domingo, fue un día de fiesta en Villablino. Un día de fiesta agridulce, como de una u otra forma terminan resultando todas las fiestas aunque sólo sea porque se tienen que terminar, si uno ha disfrutado, o que la realidad no cumplió sobre lo que uno se había empeñado –ilusamente– que fuese. Fiesta agridulce por la mezcla de sensaciones, emociones y realidades que, como un presentimiento fugaz pero efectivo, estaba presente aquella mañana en la Plaza de Villablino. Alegría, aunque contenida, porque el anhelo de tener una fuente digna en el centro del pueblo y, sobre todo, de rendir homenaje a don Paco Sierra y a su escuela y a lo que significó se veía por fin hecho realidad. Sonrisas, pocas y tímidas, las de ellas sobre todo que, vestidas con los antiguos trajes de sus madres y abuelas, veían en la fuente el reflejo de sus deseos cristalinos de juventud. Melancolía porque, pese a todo, la República, la que estaban viendo todos, no era la que habían soñado. Tristeza, pesar, preocupación, porque unos cuantos vecinos, familiares, amigos, estaban presos tras los sucesos del octubre anterior. Un vacío en cada casa, en cada cama, en cada comida y en cada cena, en cada sustento familiar y en cada recoveco del alma.

El mismo vacío que había dejado la muerte, ya muy anciano, de Manuel Bartolomé Cossío apenas dos semanas atrás en Collado Villalba, viendo de lejos aquel Madrid, tras una larga enfermedad. Cossío, que llevaba postrado en cama varios años, no había querido estar ausente de aquel homenaje al que fuera su gran amigo don Paco Sierra y a la escuela que, con su sustento, él mismo y los institucionistas Francisco Giner de los Ríos y Gumersindo de Azcárate habían creado en 1885. Como último testigo vital de aquel cuarteto y de aquellos días que cambiaron el rumbo del valle, dejó escrito, tal vez presintiendo que la muerte estaba cerca y cuando eso ocurre no conviene dejar cuentas pendientes aunque sean con uno mismo, o con los muertos que uno lleva a las espaldas, su último discurso. Evocador, nostálgico, poético, clarividente, profundo. Discurso leído emotivamente el 15 de septiembre, con él ya enterrado en el Cementerio Civil de la capital:

“Dos aciertos habéis tenido al consagrar esta fuente a la memoria de don Paco Sierra. Para explicaros el primero, tengo que echar mano, como viejo, de mis recuerdos. Dentro de poco, el primero de noviembre hará cincuenta años –medio siglo- que a las once de la noche se apeaban en Río Oscuro, donde entonces concluía la carretera, de un carricoche en el que habían salido de León al amanecer, cuatro personas: el fundador, dos grandes amigos suyos, egregios profesores de la Universidad y gloria del país, y un mozo, discípulo de ambos, que profesor también en ciernes, no fue nunca otra cosa que aprendiz de maestro. Con un farol y a pie hicieron el camino vecinal a Villablino y entraron rápidos en la cocina de don Paco, porque la nieve, según vuestro refrán, no estaba a las puertas pero sí en los altos. De aquella cocina ya no salieron más que para enterarse de lo que creían necesario a sus propósitos. En aquellos escaños, al calor de aquel fuego, proyectaron, meditaron y resolvieron. Y al partir, a los pocos días, para Río Oscuro y León, en la misma forma, sin ruido alguno, sin que nadie lo advirtiera, habían creado en Villablino una fuente.

La sencillez de la figura, os la hace comprender a todos fácilmente. En aquella cocina y en aquellos días se crearon las escuelas, que son siempre fuente de bienes morales imponderables. Don Paco creó esta fuente espiritual en el país, y el país acierta consagrando a su memoria una fuente. […] Pero hay más todavía; hay un segundo acierto. Todos sabemos que la fuente, cuando excede concretamente de su sentido genérico de origen, no es sólo el agua; no es el arroyo ni el manantial; es el agua intervenida por la acción humana para el servicio y bienestar del hombre. Poned una simple teja en agua que se pierde, y habéis hecho una fuente; pero hay que ponerla. En el pensamiento y en la historia este sentido de inmediata utilidad práctica, que con vaguedad acompaña a la fuente, se ha ido cada día definiendo y concretando con mayor energía. […] Todos, servicios de carácter práctico, el cual se acentúa con los tiempos hasta llegar a considerarse la fuente y la abundancia de fuentes como la primera condición para el bienestar de la vida individual y perfecto funcionamiento biológico. Esta palabra es la salud. ¿Hay algo más práctico y útil que la salud? Este concepto ha presidido en la época de los gobiernos filántropos, y nada se ha multiplicado tanto entonces en los pueblos y ciudades como las fuentes. Vosotros los leoneses sois un modelo de ello. Vuestra capital fue convertida por vuestros filántropos en ciudad de las fuentes. Y recordad lo que tan bellamente dicen todas ellas: ‘para la salud del pueblo y ornato de la ciudad’.

Y en esto ha consistido vuestro segundo grande acierto. Porque don Paco era rigurosamente un filántropo, heredero espiritual de los filántropos leoneses de Carlos III. Y así os dejó en Villablino no sólo una fuente de valores imponderables, sino, a la vez y con ello, una fuente inmediata de riqueza material, de mejora de vida y progreso, que era la aspiración de todo filántropo, pues nadie podrá desconocer nunca que de aquel pobrecito ensayo de escuela de lechería ha surgido la copiosa fuente de riqueza de ese ramo industrial en la montaña, y que de aquí se ha esparcido como iniciativa a otras comarcas, y en todo caso ha precedido al enorme actual desarrollo de esta industria en casi toda la zona cantábrica.

He aquí, pues, vuestro segundo acierto. A la creación de una fuente de riqueza material de un filántropo, consagráis una fuente de las que los filántropos amaban. Don Paco hubiera puesto en ella, en lugar de la inscripción con que honráis su memoria, la misma clara y expresiva leyenda de las fuentes leonesas. Y yo os digo, para terminar, lo que él, seguramente también hoy pensaría: que esta fuente sirva en el porvenir, no sólo de salud y ornato del pueblo, sino de hondo y punzante estímulo para la pacificación de los espíritus”.

Además de las emotivas y emocionadas palabras de Cossío, que llevaba a causa de su enfermedad cinco años sin visitar las escuelas y estaba impregnado de nostalgia, apenas nos es dado conocer sobre el acto unas pocas fotos y la crónica que en el diario leonés ‘La Democracia’ escribió alguien con el pseudónimo de Roger. El acto, según la reseña aparecida dos días después, fue “sencillo, emocional y aleccionador”. Y en él intervinieron el secretario municipal Francisco Martínez, en representación de la comisión organizadora; el alcalde Joaquín Rivas Valcárcel; Manuel García-Lorenzana, industrial mantequero establecido en León, por los antiguos alumnos de la escuela; Publio Suárez Uriarte, como viejo amigo de don Paco; José Manuel Pedregal, en representación del patronato de la Fundación Sierra-Pambley; y Luis de Azcárate, que era administrador de la misma y se encargó de leer las cuartillas del discurso póstumo de Cossío.

“El acto dejó honda huella en todos los presentes, tanto por la significación como por el tono sinceramente emocionado de los oradores; en los días de júbilo los pueblos lanzan los pañuelos alegremente al viento, el domingo y ante la fiesta íntima que celebramos, gran parte del auditorio sacaba silenciosamente sus pañuelos para recoger las lágrimas que como homenaje rendían a la memoria de don Paco. Aunque fue mucha la gente presente en el acto, creo que debieron acudir más porque la obra de Sierra Pambley, exige perenne gratitud de todos, absolutamente, de todos los leoneses”, anotaba un lacónico cronista, que lamentaba la tal vez poca asistencia, quizás la propia para un Villablino que entonces no había iniciado su vertiginoso crecimiento y tenía –y tendría durante mucho tiempo– calles de barro en las que deambulaban solemnes las vacas y muy contados edificios de más de dos plantas. Un Villablino que, además, tenía a buena parte de sus obreros entre rejas.

La fuente que se inauguraba había sido construida por suscripción pública en los tres años anteriores tras la iniciativa emprendida por un grupo de antiguos alumnos de la Escuela de Sierra Pambley, quienes ya al poco tiempo de fallecer don Paco, veinte años antes, habían acariciado el anhelo de dedicarle un homenaje de gratitud. Tras barajar varias ideas, habían llegado a la conclusión de que lo más certero sería levantar una fuente, en la que “la cristalina agua que fluya por sus caños […] simbolizará eternamente la obra educativa que sus escuelas deben realizar a través de los siglos”.

La fuente, construida en mármol de la cantera de Cuevas del Sil, donado por la familia propietaria de la misma, los Álvarez Arias de Rioscuro, fue diseñada por el arquitecto Guillermo Diz Flórez (1899-1975), primo y a su vez cuñado de los hermanos Azcárate Flórez y persona muy vinculada, como el resto de su familia, al institucionismo. Aquel día de septiembre, que cuando viene bueno en el Valle trae unos días de veranillo que nada tienen que envidiar al propio verano, no fue sino preludio de un otoño fugaz que al cabo de poco tiempo terminó dando paso a un invierno gélido, oscuro y tenebroso. Un invierno crudo, como ninguno lo había sido. Un invierno que en algunos casos, como una pena irremediable, ha llegado a nuestros días, tal vez para no dejar de serlo más. Un invierno inclemente, que pareció no querer terminar jamás y que un día, ya lejano, hizo trizas la fuente como trizas había hecho ya su esencia. Atrás había quedado, qué nostalgia, la primavera.

(*) Este texto es el primer capítulo del libro 'Laciana. República, Guerra, Represión', que aparecerá en las próximas semanas.

viernes, 7 de octubre de 2011

Una historia contada a medias

Hoy se ha conocido cómo ha terminado, de momento, el asunto de la multimillonaria multa que un día el Ayuntamiento de Villablino impuso a la Minero Siderúrgica de Ponferrada por explotar ilegalmente durante más de diez años una mina a cielo abierto. El Feixolín, paradigma de la España que bordea, torea, ridiculiza y se pasa por el forro la ley, sigue a día de hoy sirviendo de base de operaciones para la extracción de carbón a cielo abierto sin ningún tipo de permiso ambiental, urbanístico y administrativo.

La sanción por delito ambiental de 129 millones de euros pasa así a 800.000 por sentencia del pasado 15 de septiembre del magistrado de lo contencioso-administrativo nº 2 de León, Fernando Javier Muñiz, el mismo que hace cuatro años ordenaba la paralización y clausura de la actividad “ilegal e ilegalizable” así lo ha decidido. Conviene recordar que si el Ayuntamiento de Villablino abrió en su día el expediente sancionador, lo instruyó y culminó, no fue nada más y nada menos que porque no le quedo otra salida, con un juez dando esa orden estricta, pues de lo contrario raramente lo hubiera hecho.

La sorprendente cifra que apareció en portada de “El País” entonces no se basó en datos imaginativos, sino que fue un cálculo argumentado de un informe que la propia empresa sancionada había hecho ante los tribunales para mostrarles que el cierre de la mina le causaría enormes perjuicios. Ahora resulta que “existe una enorme dificultad para concretar la existencia de un beneficio referido a la explotación de El Feixolín”, y que aparte de eso, caso de haberlo, la restauración absorbería ese beneficio. Más que una sentencia judicial parece un insulto a la inteligencia. Será que al final esta empresa es una ONG y sólo existe para dar trabajo y pierde todos sus beneficios por el camino. Como una de las ya extinguidas cajas de ahorros, claro que por el medio irían quedando comisiones, remuneraciones de consejeros y presidentes y el resto de condimentos.

Cuando hace seis años en una de las primeras revistas El Mixto publicamos en portada una enorme fotografía de la corta del monte que había hecho uno mismo (y cuya versión en horizontal acompaña a estas líneas) algunos se escandalizaron. Muy pocos habían subido allí, muy pocos habían calibrado las dimensiones de lo que los periódicos se empeñaban y se empeñan en relativizar, desdramatizar, minimizar y, si apuran a uno, en ocultar.

Durante mucho tiempo la revista El Mixto publicó sentencias y autos judiciales y una serie de reportajes sobre cómo había sido el entramado que había permitido tales atrocidades. Se tituló a la serie “Una historia contada a medias” porque así era y sigue siendo. Se publicó un alcalde tramitó la modificación urbanística que allanaba el terreno para la explotación. Se publicó que otro alcalde aceleró en los últimos días de su mandato, ya en funciones, todo lo que pudo las cosas para que se iniciaran los trabajos de desmonte. Se publicó que otro alcalde consintió durante ocho años que esa actividad se llevase a cabo sin ningún permiso y que, aunque sabía que no los tenía, declaró en un juzgado que “todo estaba en regla”. Se publicó que otro alcalde, con el exclusivo deseo de buscar un problema a su antecesor, inició una investigación que terminó ahorcándole a sí mismo y obligándole a dimitir. Se publicó que un grupo de cinco vecinos de San Miguel firmó papeles en barbecho y sin ningún tipo de validez administrativa autorizando a la empresa la explotación, a cambio de determinadas cantidades económicas que constan en dichos documentos. Se publicó que altos cargos políticos y de confianza de la Junta de Castilla y León informaron a los tribunales con datos inciertos, camuflando la realidad, y que llegaron a mentir con total descaro ante la Justicia. A ninguno de ellos le sucedió nada. Nadie pagó por ello, ni en dinero, ni en condenas judiciales.

Tampoco lo ha hecho todavía ni previsiblemente lo hará nunca la actual alcaldesa Ana Luisa Durán Fraguas, a la que recientemente su partido ha apeado de la piragua del Senado en el que ha pasado los últimos ocho años muy bien remunerada. Ana Luisa Durán nunca ha ocultado y más bien ha hecho alarde de las simpatías que le despierta el empresario cabeza visible de la MSP, Victorino Alonso, condenado por diferentes delitos de tipo fiscal, ambiental, urbanístico, societario e incluso personal durante las dos últimas décadas. Como el resto de políticos de todos los niveles de la administración, pero llegando a un extremo de degradación moral y pública sin precedentes, Ana Luisa Durán se ha dejado fotografiar a su lado en no pocas ocasiones, ha viajado con él a defender el sector del carbón a Bruselas y ha participado en algún insultante evento en el que el delincuente era premiado.

Por eso hoy toma especial interés conocer con detalle qué defensa ha hecho el servicio jurídico del Ayuntamiento de Villablino de los intereses de todos los lacianiegos en este caso. Uno, que ya no se espera casi nada de casi nadie, cree que lo más probable es que ni siquiera se hiciera. La Corporación Municipal de 2007, igual que la de ahora, será para siempre responsable de este desaguisado sin precedentes. En 1989 uno similar en los efectos sociales, patrimoniales y ambientales terminó dando vía libre a la instalación de un mazacote de hierro y polvo que hoy sigue funcionando y empeorando las condiciones de vida de los habitantes de Villablino. Tampoco pagó nadie por ello, ni en lo económico ni en lo penal.

Todo gratis, todo a cambio de nada y todo cuando ya queda nada o muy poco por entregar. Claro que como esta empresa debe ser una ONG, es duda que obtenga beneficios de la explotación de ese cielo abierto y si los tiene, los gasta en restaurar lo que destroza, tampoco hay que pedirle mucho más… que estamos en crisis.

martes, 13 de septiembre de 2011

10 años, 38 años y 1 día


Quería uno haber escrito y publicado estas líneas el pasado 12 de septiembre pero no pudo ser. Más vale tarde que nunca. Y quería publicarlas entonces para servirse de un título como el que precede, con ese “y 1 día” tan propio de una condena carcelaria, como una condena histórica de las muchas que reparten los caprichos del tiempo. Y es que hacía uno la reflexión, entonces, de que en todos los periódicos, en todas las emisoras de radio, en todos los telediarios, se hablaba de lo sucedido en las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, horrible día lleno de muerte, pánico, terror, consternación mundial.

Se hablaba del 11 de septiembre de 2001, pero en ninguna o en muy pocas partes hubo, mención siquiera, al 11 de septiembre de 1973, día en que los mismos Estados Unidos que fueron atentados en 2001, atentaron -de otra manera, pero atentaron que al cabo viene a ser lo mismo- contra el gobierno de Chile elegido entonces por los ciudadanos. Salvador Allende, su presidente, era un médico socialista que, metido en política, había ocupado diversos cargos, uno de los primeros el de Ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social, desde el cual dio trabajo a un exiliado español, un médico también socialista, Antonio Rodríguez Calleja, que se había exiliado con su familia desde el Villablino en que ejercía tras tres años en el frente republicano luchando contra los sublevados -otros sublevados, o tal vez los mismos- y Franco. Allende no dudó de la valía de aquel médico, gran profesional, del que se apoderó la nostalgia y la desazón al ver que su España se consumía en una dictadura y él, como tantos otros, había perdido tanto que ya no le quedaba nada que perder. Calleja murió al cabo de pocos años, de cáncer y de pena, reconocido como médico en Chile; Allende siguió su camino y llegó a la presidencia de Chile. El golpe de Estado de 1973 -como había hecho el de 1936- elevó a los altares, sobre todo de la vanidad, a Augusto Pinochet, militar al que unánimemente, piensa uno, debe tildarse como uno de los mayores violadores de derechos humanos de la historia.

Un libro resume muy bien lo que sucedió tras ese golpe militar. Se titula La Familia, es muy poco conocido en España y ha sido escrito por Claudia Farfán y Fernando Vega. Un libro de investigación periodística que revela la terrorífica historia de una familia, los Pinochet, que con el amparo del sector más recalcitrante de la derecha chilena invocando al patriotismo y el apoyo nunca suficientemente publicitado de los Estados Unidos de America (¡ay!) desvalijó Chile. Lo desvalijó económicamente: robo de cuantiosos fondos de las arcas públicas y evasión de oro y dinero a cientos de cuentas desperdigadas por el extranjero. Y lo desvalijó a base de genocidio: asesinatos, torturas, desapariciones, represión, exilio. De entre los miles de asesinados, una fue una joven nieta del doctor Calleja.

No sabe uno si ustedes saben que Pinochet fue un ferviente admirador de Franco y que, al venir invitado a España a su funeral y presenciar las pompas fúnebres que se le daban a un dictador en Europa, hubo en su manera de ver las cosas un punto de inflexión. Bajo esa inspiración, Augusto Pinochet dio lo peor de sí mismo para maquinar, fomentar y consentir las mayores atrocidades que cualquiera se pueda imaginar a todos los niveles.

No sabe uno tampoco si ustedes saben que Salvador Allende, hasta el último aliento, creyó en la fidelidad del que era su comandante en jefe. “Pobre Augusto, debe estar preso”, comentó lacónico mientras intentaba una y otra vez hablar con él por teléfono el 11 de septiembre de 1973 desde La Moneda, con todo ya irreversible. Qué descorazonadora anécdota la de un hombre engañado hasta su último aliento, la de unos ojos cansados de mirar tras los critales de esas gafas inconfundibles de pasta, hoy símbolo chileno en el Museo Histórico Nacional. Aquel mismo día, sabiéndose ya muerto de una u otra forma y con los milicos deambulando por La Moneda como una tormenta que precede a un crepúsculo, Salvador Allende se suicidó con la dignidad intacta. 11 de septiembre de 1973.

martes, 2 de agosto de 2011

La estrella de don Garci

De todos los recuerdos que el tío don Garci conservaba los más placenteros para él siempre fueron los del pueblo. Había sido uno de aquellos afortunados que tuvieron ocasión de estudiar en la escuela de don Paco, que es tanto como decir que la sabiduría, la caligrafía, esa estrella de la que durante toda su vida hizo gala, en su retina brillaban.

No recuerdo exactamente si entonces lo supe o me enteré tiempo después, al hacerme mayor, poco importa, pero en su incipiente adolescencia el tío se había dejado encantar por la capital, actuando como representante de las tapicerías familiares. Rescoldos, ya entonces, de nuestro pasado esplendor que a él no le parecían otra cosa más que eso. Hacía tiempo que no miraba, como si lo hacía el tío Floro, las fotos de las visitas del rey a los grandes almacenes de la familia, los artículos que Blanco y Negro, Mundo Gráfico y el resto de publicaciones de papel couché que hacían furor les dedicaban. Ni desempolvaba las cartas de aquel duque sesentón que aposentaba sus reales a diario en la esquina del más renombrado café de la capital y con el que tío había compartido unas cuantas tertulias. Y no lo hacía porque de todo aquello, de la ciudad, lo único que el tío recordaba porque quería recordar era que le fascinaba la ópera y cómo, en ella, se dejaba encantar por el aria de ‘Los pescadores de perlas’. Pero ni eso, ni los atardeceres otoñales por Recoletos con final de café con leche y tostadas en el Gijón, ni los quesos que compraba en la tienda de los Cuenllas en Ferraz, consiguieron atarle para siempre a aquel bullicio que él consideraba innecesario.

Porque pronto comprendió que su verdadero lugar en el mundo era su casa, tan vacía, tan sola, tan sigilosa, tan huérfana tras el fallecimiento de sus padres y el alejamiento del resto de los parientes mundo adelante. Allí era donde él de verdad disfrutaba. Con sus vecinos, con sus vacas, con los paseos a caballo, con las siembras, con la recogida de la hierba, con el atardecer, con la alborada.

Y a mí, hablando de recuerdos, me pasa como a él, que de todos los recuerdos que conservo los más placenteros son los del pueblo. O lo que es lo mismo, los de él, porque si quiero ser justo tengo que confesar que la añoranza de aquellos años se debe en su mayor parte a la nostalgia de lo que se perdió y entre esas pérdidas, ya irreparables, está en primer lugar el tío don Garci, el tío don Garci y su magia.

Y tengo una remembranza fascinante de una tarde de julio en que la caída del sol nos regalaba una sinfonía de color tan difícil de olvidar como imposible de paladear otra vez, por muchos atardeceres que he visto en mi vida. Estábamos en el corral, mirando enfrente, a la atalaya. Celia jugueteaba con una lagartija que había cazado y un par de piedras, yo espantaba a las moscas y el tío, con la boina calada y los ojos tan vidriosos como sólo es capaz de ponerlos la nostalgia, nos miraba sin decir nada. Un aire caliente, invisible como un aroma, peinaba nuestros sueños noveles y las canas, ya cenicientas, de él.

- En verdad, tío, ¿qué son esas casas de ahí arriba? -preguntó Celia, siempre curiosa por todo cuanto veía.

- Buenverde -respondió inmediatamente el tío-. El mejor lugar del mundo.

- Pues yo había oído que el mejor lugar del mundo era París -contestó ufana Celia, y su respuesta sólo pudo provocar la carcajada de él, que se limitó a no decir nada.

Yo, como era más pequeño y aquello de París sólo me sonaba, no dije nada.

El tío continuó con los ojos vidriosos mirando al monte y a nosotros. Miraba y veía un grupo de yeguas de colores diversos -marrones, negras, grises, blancas- merodeando por la Poula el Rubio sin percatarse de nuestras miradas. Hoy sé que entonces pensaba en la braña. En los mineros que iban y venían a trabajar y, parte de su trajín diario, era subir y bajar aquella montaña. En las veces que Dionisio el Mosco, Adonina y Xión las del Cazador o Eliseo el del Garfiecho, por citar a algunos, habían subido camino de la Pinietsa con la alborada. En aquellos teitus de paja, las otseras, la Vuelta de la Cándana. En las vacas. En los cocinos de entonces, los churrascos de Aladino y su chimichurri, que qué bueno estaba.

Pensaba don Garci en la magia de aquel tiempo dorado de la manteca, de las salgas. Nunca había sido tan escueto ni habíamos estado tan en silencio pero de repente su sobrina nieta, la preguntona, le volvió a inquirir sobre qué era aquello. Yo, un poco por detrás de ella, me percaté de que dos lágrimas surcaban cada una de sus arrugadas mejillas. Él me miró y yo le miré, pero ninguno dijimos ni hicimos nada. Tomó otra vez la palabra:

- ¿Ves aquella de detrás, la que está un poco ladeada? La que está sola...

- Sí, tío -dije yo, a pesar de que no era yo quien había preguntado nada.

- Esa cabana era del bisabuelo, mi padre. Francisco Rubio, Franciscón que le llamaban. El mismo del que está el retrato en el despacho. Hacerla, que la haría algún ancestro, debió ser un trabajo duro, de los que hacen historia. Yo pude ver como hacían luego la del Civil, la de la tía Elisa, la de los de la Lechería. Subían la piedra desde debajo de la Loserona y tiraban de ella carros de bueyes, que nos prestábamos de unas casas a otras porque un carro y una pareja no hacíamos nada. No sabéis lo que costó aquello. Una vida, que se dice pronto, pero una vida.

Estábamos pasmados y se nos notaba.

- Pero era todo un deleite –prosiguió- subir allí de guajes y contemplar las estrellas.

Nos contó como veían de niños y no tan niños las Osas, la mayor y la menor, con la Polar rodeando el monte de La Movida, o la constelación de Casiopea.

- Que a veces es una eme y a veces una uve doble -anotó para más señas.

Y de repente, rápido como una centella, nos apuntó al cielo y nos dio una voz que nos despertó del pasmo de sus palabras y vimos una estrella fugaz desparramarse de las alturas hacia la braña. Celia miró para mí y yo miré para Celia. Mientras tanto el tío don Garci nos daba una ojeada con el rabillo del ojo, sin decir nada.

- Mirando a Poniente -nos susurró él, retomando el hilo de la conversación- tal vez veáis esa estrella y lo mejor de todo es que os estará esperando para atraparla.

Daría, el ama, nos llamó a cenar y entramos en casa. Al terminar y después del parte, el tío apagó la Marconi y, cogiendo la boina y la cacha, exclamó presuroso:

- ¡Vamos a ver las vacas! ¡Vamos a ver las vacas!

Y nos fuimos, y dentro de la cuadra todas rumiaban. Celia fue a acariciar a su preferida, la Gallarda; el tío se acercó a la Rubia y yo me quedé a medio entrar, en la puerta. Me di la vuelta y miré hacia el cielo y vi cómo una estrella fugaz rompía la noche de la cuadra y se desparramaba rápido en el cielo, que tenía un color difuso, entre azul y negro. Y la vi caer, en esa soledad confinada que uno siente algunas veces cuando está acompañado, en la braña. Que era, y es, el mejor lugar del mundo. El único donde aún hoy, cada vez que voy, encuentro la estrella del tío don Garci y de tantos otros que se fueron y se quedaron, que no se irán jamás.

Este relato fue publicado en la revista ‘Losada’ (nº 7) en 2009.

sábado, 18 de junio de 2011

En unos días, un hueco


“[…] Cuando el Sr. Alvarado [Ventura] fue nombrado profesor él y mi marido eran dos muchachos solteros que tenían para ambos 2 habitaciones, una cocina y un comedor, y después se casó ese señor y como no había sitio para tanta gente, labranza, fábrica de quesos, criados, etc., Juan se sacrificó y fue a dormir en el desván, trabajando en la Escuela; hubo temporadas que ni desván tuvo y durmió en la Escuela. Esta situación duró hasta que el señor B. Alvarado edificio su casa; 12 años. Por eso Juan le exigió la casa entera como compensación a tan largo postergamiento. Al casarnos Juan y yo, y venir yo aquí, la casa estaba toda ella ocupada por B. Alvarado, éste nos cedió dos habitaciones y a los cuatro meses, al poner su tienda, las necesitó. Fue cuando alquilamos la casa de la plaza, casa que nos pagó D. Paco durante el año que se tardó en hacer para nosotros el piso nuevo que no se hubiera hecho si Juan no se casa, y prueba que para nosotros fue hecho, es que pedí, yo, a D. Paco, la construcción de la terraza que tiene, y este señor me la concedió […]”.

La carta precedente fue escrita por Luisa de la Vega, profesora de la Escuela de Sierra Pambley, a Juan Flórez Posada, sobrino de don Paco Sierra, el 24 de junio de 1915. Habían pasado seis meses casi desde la muerte del fundador de la escuela y los problemas -por el tono, es fácil deducirlo- afloraban. Al cabo de un año, dieron al traste con la época dorada de la escuela, que tuvo que cerrar durante los dos cursos siguientes hasta recomponerse.

El edificio al que alude la carta es la antigua Casa de los Maestros, en la imagen, cuya demolición comenzó el pasado viernes y seguirá en estos días. Este edificio, hecho a base de retales y ampliaciones como recoge la carta, fue también cuadra, laboratorio de la escuela y tienda de comercialización de las mantequillas y los quesos hechos allí. Ahora desaparecerá para que la Fundación Sierra-Pambley levante en su lugar, con fondos del Plan del Carbón, un nuevo edificio que será residencia de estudiantes y nueva guardería municipal. Según el proyecto, el nuevo inmueble se levantará utilizando la piedra del anterior y seguirá el estilo tradicional de la zona, combinando su estilo perfectamente con el de la escuela aledaña.

Todo muy bien, pero... ¿y el museo, será algún día una realidad...?

sábado, 5 de marzo de 2011

Presentación de "El Maestro"

Dibujo de Sierra, 2010

Entre montañas, a la sombra de La Granda y el Montigüero, cruzado por una cuesta soleada, con la iglesia de finas piedras dominando el conjunto, rodeado de prados verdes regados por ese río que los chopos escoltan, tal como Manolo lo dibujó y Guzmán lo evocó en su relato a modo de “regresión de sesenta años”. Porque en efecto lo era, una mirada atrás a su pueblo de La Riera de Babia y a sí mismo, y a su escuela, que era la escuela de todos los de entonces, y era la escuela de don Ernesto, su pariente, maestro, mentor y amigo, al que en el relato Guzmán llamó don Honesto salvo en un pasaje, ya casi al final, donde el subconsciente o tal vez el consciente, quién sabe, le hizo llamarlo por su verdadero nombre.

Era don Ernesto un mozo espabilado que, como era costumbre en los pueblos de la redonda, había hecho estudios en la Normal de León y terminó dando clases al cabo de pocos años en el aula en que él mismo había aprendido las primeras letras. Curiosa paradoja que plasma Guzmán por medio del diálogo entre dos rapazas que, sorprendidas porque Ernesto el de la tía Carola, que compartía con ellas risas de infancia y juegos y bailes y andanzas y fiestas y cortejos, terminara siendo el maestro, cuando los maestros tenían el don de enseñar y el don antes del nombre, y el respeto de todos, y el respeto por el alumno, y el respeto por la enseñanza, y eso, el respeto.

“Ah, nena”, “sí, chacha”, “tratástelo”, “saludástelo”, “dábame”, “ome” dicen ellas en el diálogo que escribe Guzmán, frente a los modales refinados que a sus ojos traía el maestro. Qué confundidas estaban, porque en cada samartino, en cada siega de hierba, en cada facendera, don Ernesto acudía como uno más, porque para eso no era el maestro, sólo un vecino, Ernesto el de la tía Carola.

Y a las dos mozas del diálogo les pasaba como a los nenos en la escuela, nos cuenta también Guzmán, que al aprender la gramática, se extrañaban de que el verbo fuera “tú eres” en vez del “tú sos” que escuchaban en casa, o que “aquechus cabachus” tuvieran que ser “aquellos caballos”. Aprendían a hablar castellano pero también les gustaban las matemáticas, la geometría con el lápiz, la regla, el cartabón y el compás, la geografía con sus mapas de colores que les llevaba a viajes tan fáciles hoy como impensables entonces que todo quedaba demasiado lejos, y la lectura, con el Quijote o el Corazón de Amicis en voz alta; la lectura que era el punto neurálgico de la enseñanza, nos dice también Guzmán, porque en sus propias palabras “después, andando el tiempo, cómo se da cuenta uno del valor que tiene haber aprendido a leer acertadamente”.

En aquella escuela krausista o institucionista aprendió Guzmán a leer y a escribir, la prueba está en el relato que presentamos, pero también a valorar el habla de sus padres y sus abuelos, que escudriñó con paciencia de lingüística en los años plomizos gracias a que don Dámaso, Dámaso Alonso, vio en aquel joven estudiante de Filología algo más que un provinciano que acababa de salir de la cárcel y a pesar de la tristeza quería, qué remedio, seguir adelante. Y gracias a ese germen suyo Babia, Laciana y sus comarcas limítrofes son hoy la zona leonesa donde mejor se ha conservado lo que se ha dado en llamar patsuezu y donde más y mejores iniciativas hay para su recuperación y salvaguarda.

Laciana y Babia eran además en aquellos años en que la luz tenue del sol se colaba a través de los ventanales de la escuela y acariciaba los pelos cortos de ellos y balanceaba las trenzas de ellas, todos sentados en los pupitres, una tierra que se preocupaba de cuidar mucho sus escuelas, sus maestros. Hoy, que todo eso parece haber quedado demasiado lejos y que incluso algunos derriban -hace un mes- escuelas, parece que queda todavía más lejos la memoria de aquella Liga de Amigos de la Escuela que un pequeño grupo de ilustrados creó para construir los edificios de la enseñanza, adecentarlos, comprar material para sus aulas, organizar la fiesta del árbol -las primeras de la provincia-, y tantas y tantas cosas por el bien de sus hijos y los hijos de sus vecinos.

El relato que ha servido de base para ilustrar y editar este libro que, a modo de edición conmemorativa del centenario de su autor, ha editado el Club Xeitu, fue escrito entre los años setenta y ochenta por Guzmán Álvarez, en largos periodos que pasaba en Cabrillanes, en la casa -entonces ya vacía- en que había vivido la familia y, donde ya en la viudedad sombría y en la lejanía geográfica de los hijos, vivió su madre, doña Rosa. Guzmán regresaba a su tierra cada vez con más frecuencia, escribía, caminaba, respiraba y recordaba. Este relato forma parte de esos recuerdos y es, más que otra cosa, un reencuentro consigo mismo y con los suyos, una parte de lo que se dio en llamar “Nuevas Estampas”, pues ya en 1951 se publicaron las primeras “Estampas de Babia”, de contenido mucho más lírico aunque sin la intención -al menos tan clara- de reavivar en la memoria de los babianos lo que había quedado tan prohibido y esquivo en el recuerdo común pero tan cercano en la conciencia. Y parece lógico pensar que en estas “Nuevas Estampas” Guzmán escribió lo que tenía que escribir y quería escribir, que lo hizo cuando pudo hacerlo, pues en 1951 a nadie se le hubiera ocurrido publicar una línea sobre los Alucos o sobre la escuela de color de La Riera que se convirtió, como el resto del país, al gris oscuro tirando a negro. Y menos en una edición de autor, modesta como fue aquella suya, sin que las teóricas autoridades babianas no ya costearan la edición, sino que la leyeran. Qué pena, qué desazón, qué ingratitud, qué ignorancia si permiten decirlo a uno, aunque en eso sí que han cambiado poco las autoridades babianas.

Parece que queda demasiado lejos, ya digo, pero qué fácil le sería reconocerse a cualquier mozo babiano o lacianiego de entonces en este relato de Guzmán, mirar a través de sus frases y ya no digamos de los dibujos de Manolo que lo acompañan. Porque este relato de Guzmán es, en esencia, tanto de los de Huergas como de los de Riolago, de los de Cabrillanes como de los de Mena, de los de Piedrafita como de los de Cospedal, por no subir con las menciones hasta Torrestío o hasta la Vega de los Viejos, estos días que tanto frío hará por allí arriba. Y es que lo que en él cuenta el autor y lo que en él ha plasmado ahora el pintor no es sino la historia humana de un maestro cautivado por sus alumnos y de unos alumnos cautivados por su maestro. Un maestro que nace allí, en un pueblo cualquiera, que crece, estudia, enseña, se enamora, vive, habla, dice, cuenta, observa, siente, ve… y sufre, aunque a eso Guzmán no se refiera de manera explícita.

Porque dentro de lo diminuto de un pequeño pueblo como La Riera se encuentra la esencia misma de lo universal, que ya lo dejó dicho Torga en su famosa frase que decía que “lo universal es lo local sin fronteras”, a la que aludíamos en el manifiesto reivindicativo del centenario de Guzmán que leímos aquí un 14 de abril de hace ahora casi un año. Frase que tanto le gustó y que le llegó al alma, por cierto, a Ana Gaitero, y si anda por ahí lo recordará porque me lo dijo, y que le hubiera gustado también a Guzmán, pienso, él que era un trotamundos, que tuvo que adaptarse a las vicisitudes que se le presentaron y hacer la maleta de lo material y de lo sentimental para ir y venir, que termina siendo lo mismo, hasta encontrarse o reencontrarse como en estas páginas.

Ya digo, todo queda demasiado lejos, tan lejos que muchos ni lo recuerden. Porque uno de aquellos veranos no vino como septiembre viene a veces suave como las manzanas caruezas, que dice Manolo. Uno de aquellos julios podía haber venido suave como las hoces de los segadores cortan la hierba seca que se estira en el prado antes de empacarse, pero vino golpeando fuerte, y de qué manera, como los menales (o mayales) le pegan al trigo o al centeno en el corral. Y tras aquel julio fueron depurados -que se decía entonces- Blas Rubio, el maestro de Las Murias, Ignacio Escudero el de Piedrafita, y otros fueron depurados cuando estaban incluso muertos, paseados que se decía, como Laurentino Puente el de Torrebarrio, Dulsé Álvarez el de La Majúa, Albino Cuenllas el de Villasecino, Arturo Marcello Barriada el de Torrebarrio y unos cuantos más de una lista interminable.

Don Ernesto fue uno más y, apartado de las aulas durante años, como su mujer Teodosia, tuvieron que arreglárselas como pudieron, viviendo aquí, en León, y alquilando habitaciones de su propia casa, intentando salir adelante hasta que el tiempo y la burocracia de lo absurdo dispusieron que podían volver a ejercer de maestros, pero en un pueblo perdido de Ciudad Real, bien lejos de casa, y bien lejos de aquella escuela y de aquel método. Para allá se fueron, qué remedio. Y Guzmán, 26 años entonces, aquel julio huyó con su padre a Asturias, luego cuando la caída del frente se entregó y estuvo varios años preso en las cárceles de la dictadura, salió y siguió estudiando, hizo la tesis, intentó encontrar un hueco en aquella España gris pero le fue imposible, y terminó lejos, más que don Ernesto, con el sueño de los jóvenes, escribió él una vez, vestido de luto.

Leído en la presentación del libro 'El Maestro' de Guzmán Álvarez, el 3 de marzo de 2011 en la Sala Región-Instituto Leonés de Cultura.