lunes, 17 de enero de 2011

Cheira a morto...


Escribí algo de don José Romero Vázquez, el médico, en una de las primeras revistas de El Mixto. Pero tuve ocasión -y la gran suerte- de charlar con él unas cuantas veces más, de conocer su vida narrada por él mismo; de conocer, a fin de cuentas, a un hombre que dio todo cuanto tuvo por los otros hombres. Que es lo que hacían los hombres antiguos.

Gallego de Boiro, donde había nacido el 1 de noviembre de 1909, Romero llegó a Villablino en aquel 1941 de tanta hambre y tantas carencias. Tiempos de posguerra. Había sido el 14 de enero, en el primer coche de línea de Beltrán que aquel año pudo pasar desde León. Su elegancia -era elegante como el que más, sólo había que verlo- causó impresión desde el día que llegó.

En Laciana conoció cosas buenas y cosas malas. Venía de África, de ejercer de médico en la guerra. Su intención -siempre lo decía- era permanecer un año en Villablino y poco a poco ir acercándose a su tierra. Pero Villablino le cautivó, a pesar de la crudeza de aquellos años. la penuria de los presos de la colonia de Orallo, de los mineros y sus familias en los dos Caboalles y Villager, no hicieron sino hacer ver a aquel joven médico que su tarea era necesaria.

Fueron años duros. Y de mucho trabajo. A todas horas. A pie, a caballo, en bicicleta, hasta que en 1948 pudo comprar su primer coche; aunque de poco le sirvió, porque la cartilla de racionamiento ya no tenía cuadritos para la gasolina y la nieve no se portaba nada bien. Cosas malas, pero buenas también. El matrimonio con Conchita o aquel tiempo en la taberna de Isaac y Conce.

“Cheira a morto, ¿non hay un café, carallo…?”. Una filosofía y una forma de vivir y entender la vida. Romero era médico y era, ante todo, un gallego de los de sello especial, con acento y retranca. Él, como E. Jardiel Poncela cuando decía aquello de que “la medicina no es otra cosa que el arte de acompañar con palabras griegas al sepulcro”, pensaba que cuando la enfermedad no tenía solución, su trabajo no era otra cosa más que “sembrar de flores el camino hacia el sepulcro”.

Escribí de Romero en una de las primeras revistas de El Mixto, volviendo a lo de antes. Y dije una gran verdad al referirme a todos los médicos de entonces. Laciana tiene una deuda pendiente con todos ellos. A Romero le reconocieron sus esfuerzo de muchos años sus paisanos y murió, pienso, satisfecho de la labor realizada, consciente de que hizo lo que debía, como debía y donde debía. Irse con la sensación de saberse útil es el mejor pago a una vida de entrega como la de él y tantos otros.

Este texto fue escrito y publicado en 2007, al fallecimiento del doctor Romero. La imagen que acompaña a estas líneas fue hecha unos años antes, en 2003.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Don José, que por su nombre de pila también era popularmente conocido, tuvo que enfrentarse a toda una serie de problemas, en cuanto a medicina, se refiere. Era uno de los cuatro médicos de la zona, que tenía que atender a toda clase de eventualidades. Lo mismo un parto, que una luxación, que cualquier otra cosa.
Lo que comentas de la "retranca", era totalmente cierto, pero al mismo tiempo, con sus decires, muchas de las veces quitaba hierro a la gravedad del problema.
Empezó su labor profesional desplazándose en bicicleta, o andando, y su demarcación era bastante grande. Recuerdo que comentaba que una vez le visitó en su casa de Villablino un enfermo de Orallo solicitándole su presencia para alguien que se encontraba mal. Había una nevada considerable, y en bueno de don José, se presentó en la casa del paciente. Lo primero que preguntó es que donde estaba el enfermo. !sorpresa¡. El enfermo era el que le había solicitado en Villablino su presencia. Imaginarse puede uno, la cara que le habría quedado al médico, pero luego lo contaba como un chascarrillo más.
Fueron hombres que dieron todo su saber y su buen hacer, por una comarca que tanto lo necesitaba.
Que allá donde esté, disfrute de su merecido descanso.
Un amigo.

Olina dijo...

Un gran hombre, recuerdo todas las veces que subio a Orallo cuando nos poniamos malos en casa, y cuando ibamos a su consulta que la tenia en la plaza, subiando pa la COrradina, cuantas veces le llevamos truchas que pescaba mi padre, descanse en paz, seguro que ahora estaran los dos juntos y se comeran alli las truchas.

Manuel Rábade Cadenas dijo...

Mi padre otro gallego con una retranca que asustaba, admiraba a Romero, era su pañuelo de lagrimas, era muy quejica, lo habían operado dos veces de una misma hernia en la ingle, se hernió una tercera vez, fue a ver a Romero a la Plaza, porque tenia pánico a la tercera, estuvieron hablando de sus cosas, cuando le pregunta ¿Bueno Rábade, que hay, mueres o no?

Rábade le dice, que está herniado otra vez, y que tiene miedo a operarse por tercera vez de la misma,

D. José le contesta, no te preocupes, que la cesárea no te la van a hacer, así que…….

Allá están los dos también, espero que se hayan enconcontrado.

D. José Romero Vázquez, médico gallego, toda una vida en Laciana, donde le tenemos mucho que agradecer, ¿no se merece una calle en Villablino?

Groucho Marx dijo...

Manuel, lo que cuentas es el vivo retrato de Romero y su retranca. La reflexión que haces al final me la he hecho muchas veces, sin pretenden menospreciar a otros que sí han tenido dedicadas calles (médicos y compañeros suyos), de Romero nadie se ha acordado nunca, como de tantos otros. Nunca es tarde...