martes, 4 de enero de 2011

"Entero en el alma..."



“Ver en el sobre la letra de Carmen [López Cortón], recibir la carta de usted fue no sé cómo explicárselo; algo como un amanecer después de larga noche; algo seguro -no dudé nunca que vendría- pero algo muy ansiado, muy necesario.

Pasó un año ya. Este año que debía ser tan terrible y no lo fue tanto; entre el trabajo y preocupaciones pasó casi ligero; queriéndome fastidiar, me hicieron mucho bien.

Don Francisco, ¡cuánto pensé en él este año, nunca me pareció estar tan cerca! Cuando supe su muerte, sufrió en mí el egoísmo, tuve esa sensación de pavor que da la soledad; después comprendí el bien que le hizo la muerte perdonándole la vejez.

Usted, Cossío, lo lleva entero en el alma (…). Usted me dice que tuve en la vida menos de lo que merecía, y yo, con absoluta sinceridad, le digo que no es cierto, que no tengo derecho a quejarme de la vida. Creo que cada cual tiene mucho lo que debe tener lógicamente. La dicha es algo anormal que trae la casualidad. Hay quien no quiere jugar; hay quien pone en la jugada toda el alma y todo lo pierde y hay jugadores afortunados, ¿pero quién se puede quejar de perder lo arriesgado?

Yo tuve, de un modo y de otro, mala suerte indudablemente pero por temperamento no puse sobre el tapete la vida toda y lo que se perdió fue sólo la dicha. El griego fino que es usted, sonríe y comprende. ¿Qué quiero?, me dice usted; nada Manuel. Déjeme acabar tranquilamente aquí, en esta existencia de paz y de ensueño lo que me queda de ella, haciendo bajo la dirección de usted todo lo que pueda. Me bastará para que esta vida sea dulce, de cuando en cuando, una carta de ustedes y cuando sea posible una larga conversación viniendo ustedes aquí o yendo yo allá. Sirvo ya para muy poco, créame (…).

Tengo con usted una gran deuda de gratitud; usted fue siempre el amigo de las horas malas -¡siempre!-; y este invierno, sin verla, sentí el apoyo de su mano; es natural que tenga en usted una absoluta confianza, lo mismo que tengo en su criterio fe absoluta (…)”.

Las líneas precedentes fueron escritas por Luisa de la Vega a Manuel Bartolomé Cossío el 20 de septiembre de 1915 en Villablino, donde era maestra de la Escuela de Sierra Pambley. Luisa, mujer singular, culta y cariñosa, llevaba un año viuda del que había sido su segundo marido, Juan Alvarado y Albo. Diez años antes había enviudado del conocido institucionista Augusto González de Linares, bastantes años mayor que ella y con el que se había casado muy joven en París. Esa prematura muerte la trajo a Laciana con su hija Genara, la señorita Genaga según la llamaban sus alumnos por su simpático acento francés.

Entre aquellos dos septiembres, el de 1914 y el de 1915, habían fallecido Juan Alvarado, don Paco Sierra y Francisco Giner de los Ríos, dejando a Luisa de la Vega huérfana personal y espiritualmente. A pesar de todo eso, supo llevar las pérdidas con gran dignidad y quiso quedarse en un pueblo rodeado de montañas en que, según se recuerda, se sentía cautivada por su gente, por las retamas que florecían en primavera y por la naturaleza que ella veía y luego dibujaba. Tuvo que irse, porque la humanidad no tiene remedio, y consiguió una plaza de dibujante en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

El día de su muerte se colgó en sus paredes el último dibujo en que estaba trabajando, una estrella de mar, a pesar de que no lo pudo terminar. Tal vez la poca estrella que tuvo en su vida, cosa que supo comprender, entender y sobrellevar, presagio tal vez de un olvido sempiterno, que nunca conseguirá apagar, opacar, ocultar, desvanecer, su grandeza y su profunda lección de humanidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Líneas escritas en 1.915, pero que están tan de actualidad como si se hubieran escrito hace un momento.
Cuando uno se siente solo, aunque esto no ocurre casi nunca, pués siempre hay alguien que te echa una mano para hacerte más llevadera esa soledad, que la mayoría de las veces procede de nuestro propio interior, y no de nuestro entorno, tanto familiar como de amistad, siempre se trata de superar, de una forma u de otra, y en la mayoría de las ocasiones se consigue. Otras no hay manera de superarla, y nos asusta y nos inquieta.Pero al final, siempre nos vamos a quedar solos. Estamos condenados a ello.
Que los "Reyes" os sean propicios y se prodiguen en traer consuelo para todos esos seres, que como antes se indica, padecen ese terrible mal de la tan temida "SOLEDAD".

ALBRICIAS.