viernes, 14 de enero de 2011

Rebobinando


En 1861 el cura de San Miguel de Laciana debía ser un tipo singular. Se supone, porque lo que es seguro es que era de posibles, heredero o acaudalado o como quieran llamarlo. Predicó con el ejemplo y dio una importante cantidad a la iglesia para reparaciones del templo y diversas alhajas. Mejor hubiera sido darlo a los pobres, que entonces, como hoy, existían. Pobres somos todos, unos con más pasta que otros, claro. Pero por no abundar, ahí se queda eso. Como contraste. ¿Habrá tenido que pasar por el purgatorio el párroco del XIX o merecería su caridad la “gloria eterna”? Ah, que ahora al purgatorio no se va, que ya ha dicho el jefe de la cosa que “no es un elemento de las entrañas de la Tierra”, sino “un fuego interno que purifica las almas en el camino de la plena unión con Dios”. O sea, que nada de que el cielo está arriba y el infierno debajo, que te quemas, te persigue el demonio -con cuernos y tridente, por supuesto- y estás rodeado de malos. Y como nada de eso, tampoco -se supone- nada de lo otro: las nubecitas, el azul celestial, el padre, el hijo a su derecha, los ángeles, los arcángeles y los que cantan sus alabanzas. Bah, qué relax, uno pensando que a lo mejor terminaba yendo al infierno y resulta que… rebobinamos a 1861 o más atrás, y ni así, pero menos mal que el Papa ha resuelto el dilema.

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