martes, 25 de enero de 2011

Utopías inocentes


Avanzó la pala lentamente, como fatigada, y de repente un quebrado hizo saltar un montón de escombros al otro lado de las pocas paredes que quedaban. Poco a poco fue arañando aquel amasijo de piedra, cemento, cal, ladrillos, madera, tejas, cristales, persianas, azulejos, sillas y pupitres y algunos recuerdos. Todo declive suele ser patético, y no sólo por la propia caída, sino por lo que queda atrás, que suele ser más de lo que hay y por supuesto de lo que habrá. Nada comparable a los declives propios de la biología, pero tampoco nada comparable a una pérdida material, que también, sino sentimental para muchos. Pero ahí ha estado, estoico, majestuoso como fue siempre, con sus arcos, sus ventanales, su estampa sacada de otro tiempo, muestra de una sencilla elegancia que no buscaba en las escuelas otra cosa que eficiencia, sencillez y operatividad. Dando una lección de dignidad que para sí quisieran algunos. Qué lejos estos tiempos de destrucción de aquellos en que todo se hacía como se podía, sin derroches, con muy pocos medios y, sobre todo, con todo el ejemplo. Y qué falta de respeto no tener en consideración ni por asomo el esfuerzo de todos aquellos soñadores de libertad que un día pensaron que en hacer escuelas y llevar a los niños del Valle a ellas debía ponerse todo el empeño. Y qué epopeya no buscada pero cierta ver las pequeñas sillas verdes de la escuela rotas entre los escombros, vacías, como si a nadie le interesaran ya no en lo material sino en lo esencial, que ya dejó dicho Saint-Exupéry que es invisible a los ojos. Aún así, el tejado fue venciendo lentamente y la ley de gravedad terminó de rematarlo. El resto languideció poco a poco, desnudando casi cincuenta años de carreras en los pasillos, mandilones, cuadernos, mochilas, lapiceros sin gastar, caligrafías con todas las hojas por escribir y tablas de multiplicar con todas las cuentas por aprender. Una de las chimeneas se desplomó en segundos, tras dos o tres arañazos del brazo ejecutor, cuyas articulaciones se movían de manera tan fría como frío es el metal que lo forma. Ya había caído entonces la placa azul que alguien colocó un día para que todos supiéramos que aquello era la Plaza del Magisterio. Que todo esto lo haya hecho alguien que ha alardeado más de una vez de ser maestra es, aparte de una provocación, la muestra de que el réquiem que hace tiempo se vaticina cada día para el Valle, de no cambiar de inmediato todo o casi todo, es más que irreversible. Todavía queda entre los restos una pintada que alguna vez hicieron los críos. Dice PAZ, así, en mayúsculas, con letras sencillas de colores. Y no tardará más de unos días en caer, como todas las utopías inocentes.


3 comentarios:

GRICHANDANA dijo...

Es cierto que tal vez en estos momentos que estamos viviendo, nos pueda un poco el sentimentalismo, pero no es menos cierto que a poco que viajes, aunque no sea muy lejos, podemos observar cómo las administraciones OBLIGAN a las empresas constructoras a respetar las fachadas de los edificios singulares. Vivimos en Laciana un caso espeluznante, no sólo no se hace eso, sino que la propia administración derriba brutalmente toda una generación de pequeños estudiantes que se formaron en las aulas que ahora desaparecen bajo el amasijo de escombros, sin siquiera haber aprovechado sillas, pupitres, ventanas, verjas,..., para qué si aquí nos sobra todo. Las cosas de la POLITICA, y nunca mejor dicho.

Piorno dijo...

Yo no fui alumno de ese instituto, cuya demolición, de forma certera, y con su habitual maestría, nos relata en su editorial el titular de este blog; sin embargo, guardo un bello recuerdo de la época en que la emisora de Radio Villablino estaba ubicada entre sus ahora derruidos muros. Pero eso es otra historia. No es la parte sentimental la que me empuja a expresar mi opinión en este tema, ya que, en mi sentir, las razones que avalan su demolición se me antojan de fácil deducción. La construcción del parador es una coña marinera más de las muchas que a diario tratan de colarnos los políticos. Tenemos claro que para los próximos 4 años, en el mejor de los casos, no se acometerá esa obra -suponiendo que llegue a acometerse-, puesto que tal obra ni siquiera ha sido presupuestada. Sin embargo, como todos sabemos –fue publicado-, sí que existe un presupuesto que va entorno a 200.000 €- para la realización del proyecto. Evidentemente, hay que justificar gastos. Ignoro el coste de esta “urgentísima y terriblemente necesaria” demolición, puesto que yo, de obras, entiendo más bien poco, pero no creo equivocarme demasiado si digo que, probablemente, ese coste no debería sobrepasar el 15% de ese monto. El resto... como reza el dicho: “Averigua quien te dio”

WALCHER dijo...

Lo más triste de todo este sindios es que quien está al frente del desaguisado es un mujer, maestra, que debería de defender el patrimonio educativo lacianiego (más a sabiendas de que destruyen para nada), alcaldesa de todos los lacianiegos, o así debería de serlo, no solo de los mamporreros del psoe (lo pongo en minúsculas intencionadamente), y senadora electa, que se supone debería de dar cierto empaque a las personas. Pero visto lo visto, la altura moral, humana y política de la citada queda por los suelos. Si en su partido hubiera alguien con cierta dignidad deberían de apartarla inmediatamente de los cargos, pero claro, viendo como actúan sus compañeros (Canedo, alcalde de Camponaraya, por citar uno), qué podemos esperar de estos peronajes...