sábado, 5 de marzo de 2011

Presentación de "El Maestro"

Dibujo de Sierra, 2010

Entre montañas, a la sombra de La Granda y el Montigüero, cruzado por una cuesta soleada, con la iglesia de finas piedras dominando el conjunto, rodeado de prados verdes regados por ese río que los chopos escoltan, tal como Manolo lo dibujó y Guzmán lo evocó en su relato a modo de “regresión de sesenta años”. Porque en efecto lo era, una mirada atrás a su pueblo de La Riera de Babia y a sí mismo, y a su escuela, que era la escuela de todos los de entonces, y era la escuela de don Ernesto, su pariente, maestro, mentor y amigo, al que en el relato Guzmán llamó don Honesto salvo en un pasaje, ya casi al final, donde el subconsciente o tal vez el consciente, quién sabe, le hizo llamarlo por su verdadero nombre.

Era don Ernesto un mozo espabilado que, como era costumbre en los pueblos de la redonda, había hecho estudios en la Normal de León y terminó dando clases al cabo de pocos años en el aula en que él mismo había aprendido las primeras letras. Curiosa paradoja que plasma Guzmán por medio del diálogo entre dos rapazas que, sorprendidas porque Ernesto el de la tía Carola, que compartía con ellas risas de infancia y juegos y bailes y andanzas y fiestas y cortejos, terminara siendo el maestro, cuando los maestros tenían el don de enseñar y el don antes del nombre, y el respeto de todos, y el respeto por el alumno, y el respeto por la enseñanza, y eso, el respeto.

“Ah, nena”, “sí, chacha”, “tratástelo”, “saludástelo”, “dábame”, “ome” dicen ellas en el diálogo que escribe Guzmán, frente a los modales refinados que a sus ojos traía el maestro. Qué confundidas estaban, porque en cada samartino, en cada siega de hierba, en cada facendera, don Ernesto acudía como uno más, porque para eso no era el maestro, sólo un vecino, Ernesto el de la tía Carola.

Y a las dos mozas del diálogo les pasaba como a los nenos en la escuela, nos cuenta también Guzmán, que al aprender la gramática, se extrañaban de que el verbo fuera “tú eres” en vez del “tú sos” que escuchaban en casa, o que “aquechus cabachus” tuvieran que ser “aquellos caballos”. Aprendían a hablar castellano pero también les gustaban las matemáticas, la geometría con el lápiz, la regla, el cartabón y el compás, la geografía con sus mapas de colores que les llevaba a viajes tan fáciles hoy como impensables entonces que todo quedaba demasiado lejos, y la lectura, con el Quijote o el Corazón de Amicis en voz alta; la lectura que era el punto neurálgico de la enseñanza, nos dice también Guzmán, porque en sus propias palabras “después, andando el tiempo, cómo se da cuenta uno del valor que tiene haber aprendido a leer acertadamente”.

En aquella escuela krausista o institucionista aprendió Guzmán a leer y a escribir, la prueba está en el relato que presentamos, pero también a valorar el habla de sus padres y sus abuelos, que escudriñó con paciencia de lingüística en los años plomizos gracias a que don Dámaso, Dámaso Alonso, vio en aquel joven estudiante de Filología algo más que un provinciano que acababa de salir de la cárcel y a pesar de la tristeza quería, qué remedio, seguir adelante. Y gracias a ese germen suyo Babia, Laciana y sus comarcas limítrofes son hoy la zona leonesa donde mejor se ha conservado lo que se ha dado en llamar patsuezu y donde más y mejores iniciativas hay para su recuperación y salvaguarda.

Laciana y Babia eran además en aquellos años en que la luz tenue del sol se colaba a través de los ventanales de la escuela y acariciaba los pelos cortos de ellos y balanceaba las trenzas de ellas, todos sentados en los pupitres, una tierra que se preocupaba de cuidar mucho sus escuelas, sus maestros. Hoy, que todo eso parece haber quedado demasiado lejos y que incluso algunos derriban -hace un mes- escuelas, parece que queda todavía más lejos la memoria de aquella Liga de Amigos de la Escuela que un pequeño grupo de ilustrados creó para construir los edificios de la enseñanza, adecentarlos, comprar material para sus aulas, organizar la fiesta del árbol -las primeras de la provincia-, y tantas y tantas cosas por el bien de sus hijos y los hijos de sus vecinos.

El relato que ha servido de base para ilustrar y editar este libro que, a modo de edición conmemorativa del centenario de su autor, ha editado el Club Xeitu, fue escrito entre los años setenta y ochenta por Guzmán Álvarez, en largos periodos que pasaba en Cabrillanes, en la casa -entonces ya vacía- en que había vivido la familia y, donde ya en la viudedad sombría y en la lejanía geográfica de los hijos, vivió su madre, doña Rosa. Guzmán regresaba a su tierra cada vez con más frecuencia, escribía, caminaba, respiraba y recordaba. Este relato forma parte de esos recuerdos y es, más que otra cosa, un reencuentro consigo mismo y con los suyos, una parte de lo que se dio en llamar “Nuevas Estampas”, pues ya en 1951 se publicaron las primeras “Estampas de Babia”, de contenido mucho más lírico aunque sin la intención -al menos tan clara- de reavivar en la memoria de los babianos lo que había quedado tan prohibido y esquivo en el recuerdo común pero tan cercano en la conciencia. Y parece lógico pensar que en estas “Nuevas Estampas” Guzmán escribió lo que tenía que escribir y quería escribir, que lo hizo cuando pudo hacerlo, pues en 1951 a nadie se le hubiera ocurrido publicar una línea sobre los Alucos o sobre la escuela de color de La Riera que se convirtió, como el resto del país, al gris oscuro tirando a negro. Y menos en una edición de autor, modesta como fue aquella suya, sin que las teóricas autoridades babianas no ya costearan la edición, sino que la leyeran. Qué pena, qué desazón, qué ingratitud, qué ignorancia si permiten decirlo a uno, aunque en eso sí que han cambiado poco las autoridades babianas.

Parece que queda demasiado lejos, ya digo, pero qué fácil le sería reconocerse a cualquier mozo babiano o lacianiego de entonces en este relato de Guzmán, mirar a través de sus frases y ya no digamos de los dibujos de Manolo que lo acompañan. Porque este relato de Guzmán es, en esencia, tanto de los de Huergas como de los de Riolago, de los de Cabrillanes como de los de Mena, de los de Piedrafita como de los de Cospedal, por no subir con las menciones hasta Torrestío o hasta la Vega de los Viejos, estos días que tanto frío hará por allí arriba. Y es que lo que en él cuenta el autor y lo que en él ha plasmado ahora el pintor no es sino la historia humana de un maestro cautivado por sus alumnos y de unos alumnos cautivados por su maestro. Un maestro que nace allí, en un pueblo cualquiera, que crece, estudia, enseña, se enamora, vive, habla, dice, cuenta, observa, siente, ve… y sufre, aunque a eso Guzmán no se refiera de manera explícita.

Porque dentro de lo diminuto de un pequeño pueblo como La Riera se encuentra la esencia misma de lo universal, que ya lo dejó dicho Torga en su famosa frase que decía que “lo universal es lo local sin fronteras”, a la que aludíamos en el manifiesto reivindicativo del centenario de Guzmán que leímos aquí un 14 de abril de hace ahora casi un año. Frase que tanto le gustó y que le llegó al alma, por cierto, a Ana Gaitero, y si anda por ahí lo recordará porque me lo dijo, y que le hubiera gustado también a Guzmán, pienso, él que era un trotamundos, que tuvo que adaptarse a las vicisitudes que se le presentaron y hacer la maleta de lo material y de lo sentimental para ir y venir, que termina siendo lo mismo, hasta encontrarse o reencontrarse como en estas páginas.

Ya digo, todo queda demasiado lejos, tan lejos que muchos ni lo recuerden. Porque uno de aquellos veranos no vino como septiembre viene a veces suave como las manzanas caruezas, que dice Manolo. Uno de aquellos julios podía haber venido suave como las hoces de los segadores cortan la hierba seca que se estira en el prado antes de empacarse, pero vino golpeando fuerte, y de qué manera, como los menales (o mayales) le pegan al trigo o al centeno en el corral. Y tras aquel julio fueron depurados -que se decía entonces- Blas Rubio, el maestro de Las Murias, Ignacio Escudero el de Piedrafita, y otros fueron depurados cuando estaban incluso muertos, paseados que se decía, como Laurentino Puente el de Torrebarrio, Dulsé Álvarez el de La Majúa, Albino Cuenllas el de Villasecino, Arturo Marcello Barriada el de Torrebarrio y unos cuantos más de una lista interminable.

Don Ernesto fue uno más y, apartado de las aulas durante años, como su mujer Teodosia, tuvieron que arreglárselas como pudieron, viviendo aquí, en León, y alquilando habitaciones de su propia casa, intentando salir adelante hasta que el tiempo y la burocracia de lo absurdo dispusieron que podían volver a ejercer de maestros, pero en un pueblo perdido de Ciudad Real, bien lejos de casa, y bien lejos de aquella escuela y de aquel método. Para allá se fueron, qué remedio. Y Guzmán, 26 años entonces, aquel julio huyó con su padre a Asturias, luego cuando la caída del frente se entregó y estuvo varios años preso en las cárceles de la dictadura, salió y siguió estudiando, hizo la tesis, intentó encontrar un hueco en aquella España gris pero le fue imposible, y terminó lejos, más que don Ernesto, con el sueño de los jóvenes, escribió él una vez, vestido de luto.

Leído en la presentación del libro 'El Maestro' de Guzmán Álvarez, el 3 de marzo de 2011 en la Sala Región-Instituto Leonés de Cultura.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tengo en mis manos un ejemplar del libro "EL MAESTRO" ESTAMPA ILUSTRADA DE BABIA, y si me cupieran en este pequeño espacio los comentarios, creo que no tendría tiempo en todo el día, para poder escribirlos, por lo que me voy a limitar a decirlo sencillamente: "INSUPERABLE",tanto en maquetación, pinturas, relato y el colofón, con ese recuerdo de Manolo Sierra hacia el que fué su tío.
Como finaliza Manolo, !!!SALUD¡¡¡

GRICHANDANA dijo...

Se puede apreciar que a pesar de que ahora la moda sea tirar escuelas, nuestro valle fue importante en otros tiempos por a la riqueza intelectual de sus gentes. Bien es cierto que los "maestros", lo eran de verdad, y no se metían en camisa de once varas, que lo más importante de un pueblo es su cultura, porque un pueblo culto es más difícil de engañar. Esos maestros merecen este y muchos más reconocimientos, y los maestrillos de ahora, acaban en política, para que alguien se acuerde de ellos, sea por lo que hacen o por lo que no....
En fin, que es este un magnífico libro, en cuanto a texto, dibujos, presentación,... todo un lujo y como diría Manolo, SALUD y LIBERTAD.

WALCHER dijo...

Posiblemente, estés hablando de hace tiempo, hace mucho, demasiado tiempo. Cuando Laciana (Babia, Luna, Omaña, el Alto Sil) era un referente a nivel provincial. Cuando los maestros eran MAESTROS, con letras mayúsculas. Luego vinieron los tiempos modernos en los que los maestro solamente aspiran en enseñar dentro de un horario y unos cánones preestablecidos, donde una inmensa mayoría están mirando por la ventana a ver si nieva mucho y no podrán marchar a su hogar, distante de su escuela 100 Km… No digo yo que ahora no quede alguno de aquellos maestros de antaño, pero se podrían contar con los dedos de la mano. Otros, los que han abandonado la docencia para meterse en el mundillo de la política, bienmarchados sean, así no malearan a los infantes con su falta de todo…

Piorno dijo...

Me cabe la enorme satisfacción y el mal disimulado orgullo de ser socio del Club Xeitu, promotor de la difusión de esa pequeña–gran obra (pequeña de tamaño, grande de contenido) que es el libro “El Maestro”.

Al engrandecimiento de esta obra, contribuyen, en primer y principal término, los textos, dignos de un gran maestro como lo fue ese babiano universal llamado Guzmán Álvarez. Las ilustraciones, plasmadas de forma magistral con lápices de colores, como el propio Manuel Sierra nos revela en su manuscrita y emotiva carta, además de aportar su inestimable contribución al engrandecimiento de la obra, retratan, de forma inequívoca, el sentimiento de lo que para su autor representaba, ya entonces, aquella escuela y sus maestros; aquellos maestros que tanto hicieron por abrir las mentes de las gentes del pueblo, a la cultura.

Si bien es cierto que los principales valores de esta obra son los textos y las ilustraciones, sería injusto pasar por alto el excelente trabajo de su editor que, en mi opinión, ha contribuido, en gran medida, a que esta obra pueda ser considerada una de esas joyas literarias que todos guardamos en un lugar preferido de nuestras bibliotecas.