martes, 2 de agosto de 2011

La estrella de don Garci

De todos los recuerdos que el tío don Garci conservaba los más placenteros para él siempre fueron los del pueblo. Había sido uno de aquellos afortunados que tuvieron ocasión de estudiar en la escuela de don Paco, que es tanto como decir que la sabiduría, la caligrafía, esa estrella de la que durante toda su vida hizo gala, en su retina brillaban.

No recuerdo exactamente si entonces lo supe o me enteré tiempo después, al hacerme mayor, poco importa, pero en su incipiente adolescencia el tío se había dejado encantar por la capital, actuando como representante de las tapicerías familiares. Rescoldos, ya entonces, de nuestro pasado esplendor que a él no le parecían otra cosa más que eso. Hacía tiempo que no miraba, como si lo hacía el tío Floro, las fotos de las visitas del rey a los grandes almacenes de la familia, los artículos que Blanco y Negro, Mundo Gráfico y el resto de publicaciones de papel couché que hacían furor les dedicaban. Ni desempolvaba las cartas de aquel duque sesentón que aposentaba sus reales a diario en la esquina del más renombrado café de la capital y con el que tío había compartido unas cuantas tertulias. Y no lo hacía porque de todo aquello, de la ciudad, lo único que el tío recordaba porque quería recordar era que le fascinaba la ópera y cómo, en ella, se dejaba encantar por el aria de ‘Los pescadores de perlas’. Pero ni eso, ni los atardeceres otoñales por Recoletos con final de café con leche y tostadas en el Gijón, ni los quesos que compraba en la tienda de los Cuenllas en Ferraz, consiguieron atarle para siempre a aquel bullicio que él consideraba innecesario.

Porque pronto comprendió que su verdadero lugar en el mundo era su casa, tan vacía, tan sola, tan sigilosa, tan huérfana tras el fallecimiento de sus padres y el alejamiento del resto de los parientes mundo adelante. Allí era donde él de verdad disfrutaba. Con sus vecinos, con sus vacas, con los paseos a caballo, con las siembras, con la recogida de la hierba, con el atardecer, con la alborada.

Y a mí, hablando de recuerdos, me pasa como a él, que de todos los recuerdos que conservo los más placenteros son los del pueblo. O lo que es lo mismo, los de él, porque si quiero ser justo tengo que confesar que la añoranza de aquellos años se debe en su mayor parte a la nostalgia de lo que se perdió y entre esas pérdidas, ya irreparables, está en primer lugar el tío don Garci, el tío don Garci y su magia.

Y tengo una remembranza fascinante de una tarde de julio en que la caída del sol nos regalaba una sinfonía de color tan difícil de olvidar como imposible de paladear otra vez, por muchos atardeceres que he visto en mi vida. Estábamos en el corral, mirando enfrente, a la atalaya. Celia jugueteaba con una lagartija que había cazado y un par de piedras, yo espantaba a las moscas y el tío, con la boina calada y los ojos tan vidriosos como sólo es capaz de ponerlos la nostalgia, nos miraba sin decir nada. Un aire caliente, invisible como un aroma, peinaba nuestros sueños noveles y las canas, ya cenicientas, de él.

- En verdad, tío, ¿qué son esas casas de ahí arriba? -preguntó Celia, siempre curiosa por todo cuanto veía.

- Buenverde -respondió inmediatamente el tío-. El mejor lugar del mundo.

- Pues yo había oído que el mejor lugar del mundo era París -contestó ufana Celia, y su respuesta sólo pudo provocar la carcajada de él, que se limitó a no decir nada.

Yo, como era más pequeño y aquello de París sólo me sonaba, no dije nada.

El tío continuó con los ojos vidriosos mirando al monte y a nosotros. Miraba y veía un grupo de yeguas de colores diversos -marrones, negras, grises, blancas- merodeando por la Poula el Rubio sin percatarse de nuestras miradas. Hoy sé que entonces pensaba en la braña. En los mineros que iban y venían a trabajar y, parte de su trajín diario, era subir y bajar aquella montaña. En las veces que Dionisio el Mosco, Adonina y Xión las del Cazador o Eliseo el del Garfiecho, por citar a algunos, habían subido camino de la Pinietsa con la alborada. En aquellos teitus de paja, las otseras, la Vuelta de la Cándana. En las vacas. En los cocinos de entonces, los churrascos de Aladino y su chimichurri, que qué bueno estaba.

Pensaba don Garci en la magia de aquel tiempo dorado de la manteca, de las salgas. Nunca había sido tan escueto ni habíamos estado tan en silencio pero de repente su sobrina nieta, la preguntona, le volvió a inquirir sobre qué era aquello. Yo, un poco por detrás de ella, me percaté de que dos lágrimas surcaban cada una de sus arrugadas mejillas. Él me miró y yo le miré, pero ninguno dijimos ni hicimos nada. Tomó otra vez la palabra:

- ¿Ves aquella de detrás, la que está un poco ladeada? La que está sola...

- Sí, tío -dije yo, a pesar de que no era yo quien había preguntado nada.

- Esa cabana era del bisabuelo, mi padre. Francisco Rubio, Franciscón que le llamaban. El mismo del que está el retrato en el despacho. Hacerla, que la haría algún ancestro, debió ser un trabajo duro, de los que hacen historia. Yo pude ver como hacían luego la del Civil, la de la tía Elisa, la de los de la Lechería. Subían la piedra desde debajo de la Loserona y tiraban de ella carros de bueyes, que nos prestábamos de unas casas a otras porque un carro y una pareja no hacíamos nada. No sabéis lo que costó aquello. Una vida, que se dice pronto, pero una vida.

Estábamos pasmados y se nos notaba.

- Pero era todo un deleite –prosiguió- subir allí de guajes y contemplar las estrellas.

Nos contó como veían de niños y no tan niños las Osas, la mayor y la menor, con la Polar rodeando el monte de La Movida, o la constelación de Casiopea.

- Que a veces es una eme y a veces una uve doble -anotó para más señas.

Y de repente, rápido como una centella, nos apuntó al cielo y nos dio una voz que nos despertó del pasmo de sus palabras y vimos una estrella fugaz desparramarse de las alturas hacia la braña. Celia miró para mí y yo miré para Celia. Mientras tanto el tío don Garci nos daba una ojeada con el rabillo del ojo, sin decir nada.

- Mirando a Poniente -nos susurró él, retomando el hilo de la conversación- tal vez veáis esa estrella y lo mejor de todo es que os estará esperando para atraparla.

Daría, el ama, nos llamó a cenar y entramos en casa. Al terminar y después del parte, el tío apagó la Marconi y, cogiendo la boina y la cacha, exclamó presuroso:

- ¡Vamos a ver las vacas! ¡Vamos a ver las vacas!

Y nos fuimos, y dentro de la cuadra todas rumiaban. Celia fue a acariciar a su preferida, la Gallarda; el tío se acercó a la Rubia y yo me quedé a medio entrar, en la puerta. Me di la vuelta y miré hacia el cielo y vi cómo una estrella fugaz rompía la noche de la cuadra y se desparramaba rápido en el cielo, que tenía un color difuso, entre azul y negro. Y la vi caer, en esa soledad confinada que uno siente algunas veces cuando está acompañado, en la braña. Que era, y es, el mejor lugar del mundo. El único donde aún hoy, cada vez que voy, encuentro la estrella del tío don Garci y de tantos otros que se fueron y se quedaron, que no se irán jamás.

Este relato fue publicado en la revista ‘Losada’ (nº 7) en 2009.