martes, 13 de septiembre de 2011

10 años, 38 años y 1 día


Quería uno haber escrito y publicado estas líneas el pasado 12 de septiembre pero no pudo ser. Más vale tarde que nunca. Y quería publicarlas entonces para servirse de un título como el que precede, con ese “y 1 día” tan propio de una condena carcelaria, como una condena histórica de las muchas que reparten los caprichos del tiempo. Y es que hacía uno la reflexión, entonces, de que en todos los periódicos, en todas las emisoras de radio, en todos los telediarios, se hablaba de lo sucedido en las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, horrible día lleno de muerte, pánico, terror, consternación mundial.

Se hablaba del 11 de septiembre de 2001, pero en ninguna o en muy pocas partes hubo, mención siquiera, al 11 de septiembre de 1973, día en que los mismos Estados Unidos que fueron atentados en 2001, atentaron -de otra manera, pero atentaron que al cabo viene a ser lo mismo- contra el gobierno de Chile elegido entonces por los ciudadanos. Salvador Allende, su presidente, era un médico socialista que, metido en política, había ocupado diversos cargos, uno de los primeros el de Ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social, desde el cual dio trabajo a un exiliado español, un médico también socialista, Antonio Rodríguez Calleja, que se había exiliado con su familia desde el Villablino en que ejercía tras tres años en el frente republicano luchando contra los sublevados -otros sublevados, o tal vez los mismos- y Franco. Allende no dudó de la valía de aquel médico, gran profesional, del que se apoderó la nostalgia y la desazón al ver que su España se consumía en una dictadura y él, como tantos otros, había perdido tanto que ya no le quedaba nada que perder. Calleja murió al cabo de pocos años, de cáncer y de pena, reconocido como médico en Chile; Allende siguió su camino y llegó a la presidencia de Chile. El golpe de Estado de 1973 -como había hecho el de 1936- elevó a los altares, sobre todo de la vanidad, a Augusto Pinochet, militar al que unánimemente, piensa uno, debe tildarse como uno de los mayores violadores de derechos humanos de la historia.

Un libro resume muy bien lo que sucedió tras ese golpe militar. Se titula La Familia, es muy poco conocido en España y ha sido escrito por Claudia Farfán y Fernando Vega. Un libro de investigación periodística que revela la terrorífica historia de una familia, los Pinochet, que con el amparo del sector más recalcitrante de la derecha chilena invocando al patriotismo y el apoyo nunca suficientemente publicitado de los Estados Unidos de America (¡ay!) desvalijó Chile. Lo desvalijó económicamente: robo de cuantiosos fondos de las arcas públicas y evasión de oro y dinero a cientos de cuentas desperdigadas por el extranjero. Y lo desvalijó a base de genocidio: asesinatos, torturas, desapariciones, represión, exilio. De entre los miles de asesinados, una fue una joven nieta del doctor Calleja.

No sabe uno si ustedes saben que Pinochet fue un ferviente admirador de Franco y que, al venir invitado a España a su funeral y presenciar las pompas fúnebres que se le daban a un dictador en Europa, hubo en su manera de ver las cosas un punto de inflexión. Bajo esa inspiración, Augusto Pinochet dio lo peor de sí mismo para maquinar, fomentar y consentir las mayores atrocidades que cualquiera se pueda imaginar a todos los niveles.

No sabe uno tampoco si ustedes saben que Salvador Allende, hasta el último aliento, creyó en la fidelidad del que era su comandante en jefe. “Pobre Augusto, debe estar preso”, comentó lacónico mientras intentaba una y otra vez hablar con él por teléfono el 11 de septiembre de 1973 desde La Moneda, con todo ya irreversible. Qué descorazonadora anécdota la de un hombre engañado hasta su último aliento, la de unos ojos cansados de mirar tras los critales de esas gafas inconfundibles de pasta, hoy símbolo chileno en el Museo Histórico Nacional. Aquel mismo día, sabiéndose ya muerto de una u otra forma y con los milicos deambulando por La Moneda como una tormenta que precede a un crepúsculo, Salvador Allende se suicidó con la dignidad intacta. 11 de septiembre de 1973.