martes, 29 de noviembre de 2011

La fuente de la nostalgia

Como quien se asoma a través de una mirilla o de una puerta entreabierta y observa rezagado, intentando evitar que alguien le despierte de ese sueño o tal vez de esa remembranza soñada, las pocas imágenes que se conservan de aquel día resultan ser un regalo para los nostálgicos. Recuerdo pétreo en blanco y negro, imagen grabada ya en muy pocas retinas de los contados supervivientes que quedan, entonces niños de pantalón corto. Ojos cansados de mirar, ojos en los que quedó impregnada la tristeza, ojos en los que se pasmó para siempre la estampa de lo atroz.

El 15 de septiembre de 1935, domingo, fue un día de fiesta en Villablino. Un día de fiesta agridulce, como de una u otra forma terminan resultando todas las fiestas aunque sólo sea porque se tienen que terminar, si uno ha disfrutado, o que la realidad no cumplió sobre lo que uno se había empeñado –ilusamente– que fuese. Fiesta agridulce por la mezcla de sensaciones, emociones y realidades que, como un presentimiento fugaz pero efectivo, estaba presente aquella mañana en la Plaza de Villablino. Alegría, aunque contenida, porque el anhelo de tener una fuente digna en el centro del pueblo y, sobre todo, de rendir homenaje a don Paco Sierra y a su escuela y a lo que significó se veía por fin hecho realidad. Sonrisas, pocas y tímidas, las de ellas sobre todo que, vestidas con los antiguos trajes de sus madres y abuelas, veían en la fuente el reflejo de sus deseos cristalinos de juventud. Melancolía porque, pese a todo, la República, la que estaban viendo todos, no era la que habían soñado. Tristeza, pesar, preocupación, porque unos cuantos vecinos, familiares, amigos, estaban presos tras los sucesos del octubre anterior. Un vacío en cada casa, en cada cama, en cada comida y en cada cena, en cada sustento familiar y en cada recoveco del alma.

El mismo vacío que había dejado la muerte, ya muy anciano, de Manuel Bartolomé Cossío apenas dos semanas atrás en Collado Villalba, viendo de lejos aquel Madrid, tras una larga enfermedad. Cossío, que llevaba postrado en cama varios años, no había querido estar ausente de aquel homenaje al que fuera su gran amigo don Paco Sierra y a la escuela que, con su sustento, él mismo y los institucionistas Francisco Giner de los Ríos y Gumersindo de Azcárate habían creado en 1885. Como último testigo vital de aquel cuarteto y de aquellos días que cambiaron el rumbo del valle, dejó escrito, tal vez presintiendo que la muerte estaba cerca y cuando eso ocurre no conviene dejar cuentas pendientes aunque sean con uno mismo, o con los muertos que uno lleva a las espaldas, su último discurso. Evocador, nostálgico, poético, clarividente, profundo. Discurso leído emotivamente el 15 de septiembre, con él ya enterrado en el Cementerio Civil de la capital:

“Dos aciertos habéis tenido al consagrar esta fuente a la memoria de don Paco Sierra. Para explicaros el primero, tengo que echar mano, como viejo, de mis recuerdos. Dentro de poco, el primero de noviembre hará cincuenta años –medio siglo- que a las once de la noche se apeaban en Río Oscuro, donde entonces concluía la carretera, de un carricoche en el que habían salido de León al amanecer, cuatro personas: el fundador, dos grandes amigos suyos, egregios profesores de la Universidad y gloria del país, y un mozo, discípulo de ambos, que profesor también en ciernes, no fue nunca otra cosa que aprendiz de maestro. Con un farol y a pie hicieron el camino vecinal a Villablino y entraron rápidos en la cocina de don Paco, porque la nieve, según vuestro refrán, no estaba a las puertas pero sí en los altos. De aquella cocina ya no salieron más que para enterarse de lo que creían necesario a sus propósitos. En aquellos escaños, al calor de aquel fuego, proyectaron, meditaron y resolvieron. Y al partir, a los pocos días, para Río Oscuro y León, en la misma forma, sin ruido alguno, sin que nadie lo advirtiera, habían creado en Villablino una fuente.

La sencillez de la figura, os la hace comprender a todos fácilmente. En aquella cocina y en aquellos días se crearon las escuelas, que son siempre fuente de bienes morales imponderables. Don Paco creó esta fuente espiritual en el país, y el país acierta consagrando a su memoria una fuente. […] Pero hay más todavía; hay un segundo acierto. Todos sabemos que la fuente, cuando excede concretamente de su sentido genérico de origen, no es sólo el agua; no es el arroyo ni el manantial; es el agua intervenida por la acción humana para el servicio y bienestar del hombre. Poned una simple teja en agua que se pierde, y habéis hecho una fuente; pero hay que ponerla. En el pensamiento y en la historia este sentido de inmediata utilidad práctica, que con vaguedad acompaña a la fuente, se ha ido cada día definiendo y concretando con mayor energía. […] Todos, servicios de carácter práctico, el cual se acentúa con los tiempos hasta llegar a considerarse la fuente y la abundancia de fuentes como la primera condición para el bienestar de la vida individual y perfecto funcionamiento biológico. Esta palabra es la salud. ¿Hay algo más práctico y útil que la salud? Este concepto ha presidido en la época de los gobiernos filántropos, y nada se ha multiplicado tanto entonces en los pueblos y ciudades como las fuentes. Vosotros los leoneses sois un modelo de ello. Vuestra capital fue convertida por vuestros filántropos en ciudad de las fuentes. Y recordad lo que tan bellamente dicen todas ellas: ‘para la salud del pueblo y ornato de la ciudad’.

Y en esto ha consistido vuestro segundo grande acierto. Porque don Paco era rigurosamente un filántropo, heredero espiritual de los filántropos leoneses de Carlos III. Y así os dejó en Villablino no sólo una fuente de valores imponderables, sino, a la vez y con ello, una fuente inmediata de riqueza material, de mejora de vida y progreso, que era la aspiración de todo filántropo, pues nadie podrá desconocer nunca que de aquel pobrecito ensayo de escuela de lechería ha surgido la copiosa fuente de riqueza de ese ramo industrial en la montaña, y que de aquí se ha esparcido como iniciativa a otras comarcas, y en todo caso ha precedido al enorme actual desarrollo de esta industria en casi toda la zona cantábrica.

He aquí, pues, vuestro segundo acierto. A la creación de una fuente de riqueza material de un filántropo, consagráis una fuente de las que los filántropos amaban. Don Paco hubiera puesto en ella, en lugar de la inscripción con que honráis su memoria, la misma clara y expresiva leyenda de las fuentes leonesas. Y yo os digo, para terminar, lo que él, seguramente también hoy pensaría: que esta fuente sirva en el porvenir, no sólo de salud y ornato del pueblo, sino de hondo y punzante estímulo para la pacificación de los espíritus”.

Además de las emotivas y emocionadas palabras de Cossío, que llevaba a causa de su enfermedad cinco años sin visitar las escuelas y estaba impregnado de nostalgia, apenas nos es dado conocer sobre el acto unas pocas fotos y la crónica que en el diario leonés ‘La Democracia’ escribió alguien con el pseudónimo de Roger. El acto, según la reseña aparecida dos días después, fue “sencillo, emocional y aleccionador”. Y en él intervinieron el secretario municipal Francisco Martínez, en representación de la comisión organizadora; el alcalde Joaquín Rivas Valcárcel; Manuel García-Lorenzana, industrial mantequero establecido en León, por los antiguos alumnos de la escuela; Publio Suárez Uriarte, como viejo amigo de don Paco; José Manuel Pedregal, en representación del patronato de la Fundación Sierra-Pambley; y Luis de Azcárate, que era administrador de la misma y se encargó de leer las cuartillas del discurso póstumo de Cossío.

“El acto dejó honda huella en todos los presentes, tanto por la significación como por el tono sinceramente emocionado de los oradores; en los días de júbilo los pueblos lanzan los pañuelos alegremente al viento, el domingo y ante la fiesta íntima que celebramos, gran parte del auditorio sacaba silenciosamente sus pañuelos para recoger las lágrimas que como homenaje rendían a la memoria de don Paco. Aunque fue mucha la gente presente en el acto, creo que debieron acudir más porque la obra de Sierra Pambley, exige perenne gratitud de todos, absolutamente, de todos los leoneses”, anotaba un lacónico cronista, que lamentaba la tal vez poca asistencia, quizás la propia para un Villablino que entonces no había iniciado su vertiginoso crecimiento y tenía –y tendría durante mucho tiempo– calles de barro en las que deambulaban solemnes las vacas y muy contados edificios de más de dos plantas. Un Villablino que, además, tenía a buena parte de sus obreros entre rejas.

La fuente que se inauguraba había sido construida por suscripción pública en los tres años anteriores tras la iniciativa emprendida por un grupo de antiguos alumnos de la Escuela de Sierra Pambley, quienes ya al poco tiempo de fallecer don Paco, veinte años antes, habían acariciado el anhelo de dedicarle un homenaje de gratitud. Tras barajar varias ideas, habían llegado a la conclusión de que lo más certero sería levantar una fuente, en la que “la cristalina agua que fluya por sus caños […] simbolizará eternamente la obra educativa que sus escuelas deben realizar a través de los siglos”.

La fuente, construida en mármol de la cantera de Cuevas del Sil, donado por la familia propietaria de la misma, los Álvarez Arias de Rioscuro, fue diseñada por el arquitecto Guillermo Diz Flórez (1899-1975), primo y a su vez cuñado de los hermanos Azcárate Flórez y persona muy vinculada, como el resto de su familia, al institucionismo. Aquel día de septiembre, que cuando viene bueno en el Valle trae unos días de veranillo que nada tienen que envidiar al propio verano, no fue sino preludio de un otoño fugaz que al cabo de poco tiempo terminó dando paso a un invierno gélido, oscuro y tenebroso. Un invierno crudo, como ninguno lo había sido. Un invierno que en algunos casos, como una pena irremediable, ha llegado a nuestros días, tal vez para no dejar de serlo más. Un invierno inclemente, que pareció no querer terminar jamás y que un día, ya lejano, hizo trizas la fuente como trizas había hecho ya su esencia. Atrás había quedado, qué nostalgia, la primavera.

(*) Este texto es el primer capítulo del libro 'Laciana. República, Guerra, Represión', que aparecerá en las próximas semanas.