viernes, 27 de julio de 2012

Prólogo



Wenceslao Álvarez Oblanca, en un libro que, pienso, ha ido escribiendo durante toda su vida y publicó hace unos años, dijo que en él se contaba "la pequeña historia de un pueblo pequeño". En su caso el suyo, Azadinos.

A uno le vienen inevitablemente a la memoria esas palabras ante este más que encomiable tratado de costumbres y recuerdos que Eduardo Carbajo Álvarez ha tejido en el albur de la memoria y seguramente también la nostalgia. Y tal parece que ha sido tejido a golpe de una vida, como Penélope tejió y destejió tantas veces, que no es malo destejer si tras ello se teje algo mejor. Encomiable por varios motivos pero sobre todo porque lega -y desde el momento en que se publique será para siempre- un testimonio que ya quisieran para sí muchos pueblos: el relato en la lengua vernácula de las costumbres y afanes de sus lugareños durante siglos.

Esas costumbres se entremezclan en estas páginas con una serie de recuerdos más o menos comunes (las comuniones, las procesiones los velatorios, las bodas…) que desde luego más que ritos eran una forma de entender la vida y que, si se busca su origen en la antropología, se llega a la conclusión de que permanecieron inalterados durante siglos. Siglos de quietud, de aislamiento, de un día a día lento y viscoso pero auténticamente genuino. Siglos que se vieron drásticamente cambiados hace ahora cien años, cuando la tierra fue horadada para arrancarle el carbón que guardaba desde todos esos siglos, y unos cuantos más, en sus entrañas.

No será este por tanto un libro de grandes descubrimientos para los vecinos y naturales de San Miguel de Laciana, dirán algunos; si acaso, de redescubrimientos, porque a veces los recuerdos se arrinconan en lugares de la memoria a los que cada vez cuesta más llegar. Sin embargo, al escucharse, leerse, revivirse, se desperezan y aterrizan de nuevo de donde siempre fueron, para decirnos que están ahí, y que sin recuerdos no somos nada. Pero sí era y es un libro que había de escribirse para que muchas de esas costumbres, anécdotas e incluso expresiones y palabras no se perdieran irremediablemente.

Tengo frescos los recuerdos, en estos días que nos ha dejado, de Joaquín González Otero, Joaquín el de Mingón. Todos los que tuvimos la suerte de conocerle sabemos que era un lacianiego de raza, amante de su tierra, que disfrutó de Buxionte y de la Campanona, que conoció los montes de este pueblo desde el Tresuco hasta Prao Negro, desde La Mostachal hasta Reguera Flor, y que supo que tampoco hay que ir tan lejos para descubrir y disfrutar de lo esencial. Eso que según El Principito es invisible a los ojos. O lo que es lo mismo, lo que está ante nosotros pero no vemos.

Tal vez por eso y sin necesidad de grandes tratados sobre la evolución de la especie y otras sesudas teorías en las que han terminado aterrizando algunos, trabajos como este de Eduardo Carbajo han de ser tan estimados en lo que valen, que es mucho, y que encierran en su sencillez la grandeza de un país y sus habitantes en el mejor sentido de la palabra. Su principal mérito es que nos cuentan "la pequeña historia de un pueblo pequeño". La historia de la gente, esa que se pierde porque nadie la escribe.

Prólogo para el libro ‘San Miguel de Laciana, antanu’ de Eduardo Carbajo Álvarez y editado por el Club Xeitu

3 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.