sábado, 15 de diciembre de 2012

Ligero de equipaje


La muerte siempre causa dolor y hasta tristeza. La muerte como epitafio será el misterio eterno de la existencia, como lo son esos árboles anegados por un pantano, que no sabes si están vivos o muertos y que cuando emergen, muestran una belleza liviana, sencilla, humilde, en esas ramas desnudas y huérfanas de hojas. Qué curioso, las miras y te dices, siempre secas, siempre húmedas, sin saber si la vida termina alguna vez o no. La noticia de la muerte de Antonio Viñayo no era inesperada porque, fruto de la edad, sus facultades se habían ido consumiendo en los últimos tiempos. Y ahora, cuando con la noticia de su desaparición el reconocimiento será unánime como lo ha sido antes, no son necesarias apologías plagadas de tópicos que recuerden lo que dio de sí su currículum, por otro lado interminable. A una persona de su talla intelectual y moral, de tantos valores, de tan provechosa trayectoria, en los tiempos que corren sólo con citarla resulta suficiente. El mozo de Otero de las Dueñas fue mucho más que un abad, al que habría que anteponer siempre el calificativo de histórico, ya que sin su determinación y su dedicación cuando la Real Colegiata de San Isidoro necesitaba de todo menos pérdidas de tiempo, él estuvo a la altura de las circunstancias. Viñayo fue el incansable custodio de uno de los más importantes tesoros artísticos, culturales y documentales de España, el guardián del panteón de los reyes leoneses, el protector de ese románico excepcional con poso de historia y siglos, que salvó y recuperó de la ruina y la incuria con paciencia de largos años. Fue, antes de nada, el sacerdote, y también el canónigo, el bibliotecario, el archivero, el escritor y el editor de un amplio número de libros de historia y folclore, el alentador y compañero sigiloso de infinidad de estudios, el divulgador incansable, el amigo al que acudir con la seguridad de un consejo sincero y sereno. Una persona integradora, dialogante, respetuosa en todo y con todo, también con las creencias. Un hombre, ante todo, sabio, humilde y generoso. Predicó la generosidad, porque era una de sus misiones, pero más importante es que predicó con el ejemplo y compartió cuanto tuvo, supo y aprendió. Cuando le hablaban de su bagaje, lo reconocía con pudor, él siempre tan humilde, tan caballero, y añadía que todo le había pasado sin darse cuenta, porque la vida pasa muy rápido. Al final el agua que anega los árboles de los pantanos vuelve a ocultarlos, y un día se va, sigilosa, serena, corriendo al mar, sumiéndose en los riegos o evaporándose. Y Antonio Viñayo, como esos árboles y como Machado, se va ligero de equipaje, casi desnudo, pero eso sí, con una vida fructífera dedicada a los demás.