viernes, 29 de junio de 2012

La tierra de los perfumistas



Nos miran. Él, con su traje, chaleco y corbata, la cadena del reloj colgando, la visera protegiéndole del sol mañanero y una cámara cogida en su mano. Excepcional parece la presencia de dos cámaras en un mismo instante –la que disparó y la que se ve– en lugar tan remoto. Nos miran, decía uno. También ellas, que sin duda parecen ser el foco de atención del retratista. Están frotando las ropas en el lavadero a la vera de la carretera, ropa que han traído y que habrán de llevar en sus cestos una vez lavada, a blanquear a la era. Nos miran dos de ellas y una tercera hace amago de mirar, mientras otras dos, una de espaldas y otra con la cabeza vuelta, se afanan a lo suyo. También nos mira él o ella, el caballo o yegua del fondo. Más bien parece caballo. Ellos, el hombre del traje y el caballo, parecen invitados casuales, uno en cada extremo. Pero nos miran.

El lugar sería irreconocible y tal vez intuyendo la eventual ignorancia de tantas décadas después lo dejó escrito con mecanográfica en la parte superior el autor de la foto, que nos es desconocido. La carretera actual no sigue el mismo trazado, que debía ser el del Camino Real de entonces. Pero sí una casa nos resulta conocida: la del centro, que sin duda llama la atención sobre las otras por su factura, su altura, su galería y su estampa. Se trata de la vivienda de la familia de los Ramiros o Álvarez Gómez, de Piedrafita de Babia. Se levantó bajo proyecto de Amós Salvador y Carreras hacia 1917, una vez fallecido el cabeza de familia, Ramiro Álvarez, cuyo nombre de pila sirvió de bautizo a la saga.

Cuando se dejó caer por Babia, dentro de un verano hará sesenta años, Víctor de la Serna tituló sus recuerdos “la tierra de los perfumistas” en honor a los Álvarez Gómez de Piedrafita. Los que hacían y hacen “una de las mejores aguas de colonia del mundo”, según nuestro guía literario: colonia “que huele a fresco, a brisa campesina, a corteza de limón, a piel de niño recién bañado, a hora temprana, a juventud”. 

Rememoró Víctor de la Serna en su crónica algunos recuerdos personales, costumbres de alguno de los veintidós pueblos de la comarca y tuvo tiempo de dejar para la imprenta comentarios de esta guisa: “Todos los pueblos de Babia son limpios, blanqueados como cortijos andaluces y con el techo de pizarra muy firmemente cortada, lo cual les da el aspecto de algunos pueblos franceses de la Borgoña. Antes las casas estaban techadas con paja de centeno, lo que les daba un aire pobre. Los babianos conservan, por gusto de conservarlas y porque son muy tradicionalistas, algunas casas de esta clase, pero ya por capricho, por buen gusto. Para lo cual han seleccionado las más características, con un criterio de directores de museo de la vivienda. Porque este aspecto de supercivilización que presentan los veintidós pueblecitos de Babia no es una casualidad. Es un producto elaborado, un producto de cultura, debido a un hecho cuya importancia se irá agrandando ante nuestra vista a medida que avancemos por esta ruta. Se debe a que en todo el valle, en veintidós pueblos, había hace dos años un solo analfabeto: un sordomudo. Ya no es analfabeto, porque escribe y lee. Y, a su modo, habla”.

La foto también nos habla. Como lo hacen todas para contarnos su historia. Y ellos, aunque no les conocemos, nos miran. Y en su mirada termina estando la nuestra.