miércoles, 25 de septiembre de 2013

Coto Minero Cantábrico y los silencios




Decenas de camiones cruzan Laciana escoltados por la Guardia Civil como si portaran un alijo de droga, aunque solo llevan carbón de importación. Los vecinos miran indignados pero paralizados. Ahora que el aura del futuro está en luna menguante, la estampa es vista como una humillación, pero durante años–sin Guardia Civil– era lo más normal.

El holding que más dinero público a fondo perdido ha recibido en España, cuya figura visible es un tal Victorino Alonso que hace no tanto era insolvente o eso decía, acaba de liquidar Coto Minero Cantábrico (CMC): 371 trabajadores quedan de varios miles, explotaciones a cielo abierto paralizadas o clausuradas por los tribunales, un plan para más encallado en Europa y una única mina de interior en Cerredo (en la que se invirtió, como en otras ya cerradas, gran cantidad de dinero público). No se conoce oficialmente, pero la deuda supera los 100 M€, incluidas las nóminas sin pagar del último año, y ya tienen efecto, o lo tendrán, condenas o consecuencias judiciales. A lo mejor no es lo que parece, pero parece que todo esto –y algo más– y el atisbo de que las subvenciones van estrechando o se deniegan como en 2012, ha tenido bastante que ver en el desenlace. Aunque oficialmente tenemos que creer que todo se debe al no de los trabajadores a aceptar (más) condiciones (más) extremas de (más) esclavitud.

La pregunta que surge es si todo va a llegar más allá que a vía muerta y si se considerará a CMC fracción de ese holding, interpretando una agrupación empresarial –como en las sentencias de los ERE, cuyos fallos dieron la razón a la parte social evitando despidos en masa– que asuma deudas y posibles responsabilidades, o si la liquidación se aplicará sin más dejando las cosas en parecido albur que Martinsa-Fadesa, Viajes Marsans o el grupo Martínez Núñez, por citar ejemplos de todos conocidos. Ley Concursal aparte, la imbricación de varias de sus sociedades (madera, mecánica, maquinaria, seguridad) con CMC agobia cualquiera de las fórmulas legales que pudieran aplicarse durante la liquidación para que continúe la actividad sobre las reservas de carbón y la que es, dicen, “la mejor mina de España”.

Por eso parece razonable que se haga de una vez una investigación en detalle que aclare si las astronómicas cifras de fondos públicos manejadas por este holding han ido en realidad a donde debían ir o si, como en otras ocasiones, se disuelven en marañas societarias, paraísos fiscales, facturaciones simuladas, financiaciones plutocráticas, dádivas varias o, por ejemplo, la maquinaria pesada que termina formando parte del patrimonio de cualquier sociedad de cualquier testaferro de medio pelo, ejecutando obras en Sudáfrica o América Latina.

Quién ignora a estas alturas que tras la llamada “trama del carbón” hay penumbras con sombras demasiado largas y altas, y que durante muchos años se toleraron arbitrariedades políticas, laborales, ambientales, urbanísticas y hasta fiscales, no gratuitamente, pero sin que nadie –o muy pocos– movieran un músculo no ya para tratar de impedirlo, sino para ni siquiera denunciarlo. Y eso que se están dando y se darán mutaciones extraordinarias, no solamente en quienes paralizados ven ahora pasar con total impunidad convoyes como antes vieron tantas cosas. También la de los esfumados que hasta hace no tanto trufaban titulares de prensa y horas de radio con panaceas de humo. Cómo olvidar a Juan Vicente Herrera o Tomás Villanueva (al que ahora “se le escapa de las manos una solución”) yendo a Bruselas de la mano de Victorino Alonso con el señuelo de miles de empleos. Cómo olvidar a Ricardo González Mantero y su “prefiero creer a un empresario leonés que genera empleo antes que a una empresa pública que se sostiene con las ayudas de la SEPI”. Cómo olvidar la estampa de Vicente Álvarez Areces volviéndose desde su escaño para aplaudir a las mujeres del carbón desalojadas del Senado, cuando amén de otras circunstancias, “apostó” por el sector en doce años en el Principado con una regasificadora en Gijón o la ampliación del puerto en el que desembarcan cada año 12 millones de toneladas de carbón de importación. Cómo olvidar a Álvarez-Cascos, uno más en las manifestaciones pro-minería después de que en su breve presidencia en el Principado se autorizara el desembarco de inmensas cantidades de carbón colombiano como pura especulación. O cómo olvidar a Ana Luisa Durán, su “guinda al carbón” de Zapatero, la connivencia de la foto con Villalba, Martínez y Alonso entre sonrisas y convenio a coste de saldo. Cómo olvidar su cara, todo un poema dado lo que a estas alturas puede brindar a los mineros –y a los no mineros– salvo maletas para emigrar y lloriqueo menudo. Cómo olvidar a tantos y a tanto durante tanto tiempo.

Indignarse a estas alturas y todavía en silencio es un paso, pero lo que ha sucedido –para nada inesperado– es esencialmente consecuencia de la rapiña de los especuladores de turno, administraciones inservibles y sindicatos participantes. Pero también lo es de los silencios cómplices de todos los que se aferraron a palabras huecas y falsas ofrendas, dejándoles hacer mucho durante mucho tiempo. Un silencio que aceptó, soportó y hasta fomentó. Javier Bergia acaba de alumbrar una canción en la que canta sobre “el agrio silencio, siniestro silencio, cómplice de todo cuanto se urde en la noche sin luna… de aquellos que gobiernan en la sombra saqueando este mundo”. Es una pena que a su música y a sus mensajes se les conozca, escuche y comprenda tan poco. 

Este texto ha sido publicado el 25 de septiembre de 2013 como Tribuna en Diario de León.